River, sólo las ganas de ganar
Fue superclásico sólo porque hubo un equipo con la camiseta de River y otro con la camiseta de Boca. Y porque tuvo el contexto mágico y seductor que siempre han tenido este tipo de acontecimientos. De esto último seguramente habrá para contar como para hacer dulce.
Que las banderas, que el aliento, que el fervor, que la alegría y el desencanto, que las bengalas, que algunas corridas o peleas en las adyacencias del estadio... Lo de siempre, aunque siempre impactante.
El juego de los dos equipos fue la deuda pendiente del superclásico. Boca salió a la cancha dando ventajas. Por decisión suya, o por la de los médicos, en ambos casos seguramente avalada por el entrenador (cualquiera de ellas equivocada), Riquelme ingresó sin tener las mínimas condiciones para sostener el ritmo. De hecho jugó al trote, esquivando cualquier choque y evitando el reagravamiento de una lesión que lo sacó de la cancha en el entretiempo.
El error en el ingreso de Riquelme no fue el gran error de Boca. Lo fue y lo es la evidentísima dependencia de toda la enorme estructura xeneize (no sólo la futbolística) en un jugador otrora mágico y deslumbrante y que hoy sólo puede ofrecer la intención de estar dentro de la cancha como un agregado simbólico que termina siendo una carga.
La consecuencia de esto fue que Boca sólo asustó a Carrizo con un disparo de Chávez a poco del final. O sea, nada.River no fue mucho más. En todo caso, no mucho más en la calidad de su oferta. Además del gol de Maidana, llegó, sobre todo al comienzo, por algún desequilibrio de Pereyra o alguna reserva de habilidad de Ortega. Así, Javier García, en ese lapso, fue el mejor hombre de la cancha.
Pero lo que en sustancia diferenció al que ganó con su adversario fueron las ganas de ganar. Y, hablando de símbolos, quién puede obviar la influencia de Matías Almeyda en el centro del campo, las ganas del "Burrito" hasta que se desinfló y el enorme tesón de Pavone para luchar hasta las pelotas imposibles.La ruta que ya transitó River parece desandarla hoy su viejo y clásico rival. Sin norte, Boca y Borghi sólo plantean dudas. River, que ya rozó las yemas de sus dedos con el fondo de la tabla y la amenaza del descenso, jugó dos finales en una. Y apeló a más símbolos. "J.J." López, al margen de alguna traición, es River. Y su hechura millonaria, a puro grito y silbido, fue mucho más que la imagen sombría y silenciosa de Borghi.

