Que los niños mantengan esa pureza
Los zooms de las cámaras de televisión y de los fotógrafos hicieron bastante foco ayer en aquellos afortunados niños a quienes alguien –su papá, su mamá, un abuelo, una abuela, otro pariente, un hermano, un vecino, etcétera– los llevó a un estadio para alentar al equipo de sus amores.
Sin dudas, para esos chicos, ese debe hacer sido uno de los mejores regalos en su día, una forma espectacular de recibir un homenaje. Los brillos de sus ojos eran toda una señal, mientras disfrutaban sentados sobre el regazo del mayor, en un rinconcito de la tribuna o directamente parados con la ñata contra el alambrado para ver a sus ídolos desde bien cerca.
Esos niños que ayer tuvieron la chance de pasar unas horas del día en su honor con un programa inolvidable representan la pureza que tanto necesita el fútbol argentino, mal habituado a la violencia, con escalones vacíos o sólo para elegidos.
Esos chicos son por quienes vale la pena hacer el esfuerzo de curar nuestros escenarios de violentos, de delincuentes, de aquellos profesionales del aliento que priorizan sus negocios dañando a los hinchas de verdad y a los clubes.
“Le pedimos que bendiga al fútbol argentino para que los estadios vuelvan a ser como eran cuando usted despertaba a sus primeras emociones de hincha”, le dijo Julio Grondona el martes al papa Francisco en la audiencia con las selecciones de Argentina e Italia. En realidad, más allá de cualquier bendición divina, son los principales actores del fútbol (dirigentes, funcionarios, jugadores, técnicos) los responsables de que esos niños crezcan sin contaminarse.

