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Oberto y su corazón traicionero

Fabricio Oberto colgó sus zapatillas antes de lo que él esperaba.

05 de noviembre de 2010 a las 08:12 a. m.
Oberto y su corazón traicionero

Marcelo Milanesio lo tuvo todo calculado: colgó la zapatilla de un aro del Cerutti el día que decidió retirarse campeón. Lo de Fabricio fue muy distinto: de un día para el otro debió asumirse como un ex jugador. Hay diferencias, claro. Pero en el fondo de la cuestión, creo que para cualquier deportista que se apasionó con su actividad la sensación es la que alguna vez, crudamente, reflejó Héctor Campana: "No existe el retiro ideal, todos los retiros son una mierda".

Oberto acaba de poner fin a una carrera de 18 años en el máximo nivel con todo lo que un basquetbolista puede soñar: una medalla de oro olímpica, un anillo de NBA y títulos por doquier en las ligas de Europa y Argentina.

Con semejante “palmarés”, y una operación en el corazón, cualquiera podría darse por satisfecho.

Pero no él. Se animó a ir por más, desechó ofertas de menor exigencia y volvió a apostar a la excelencia de la NBA. Pero su corazón, el mismo que entregó con todas las camisetas que vistió, se dio por cumplido y le dijo basta después de haberle mandado tres "avisos".

El "siempre hay más cosas por ganar", una frase que le gustaba repetir hasta el cansancio, deberá archivarse. Con ella también se irá su ilusión de una despedida olímpica en Londres 2012.

Parece una paradoja que después de semejante campaña, su retiro haya sido en silencio, casi sin pensarlo, en medio de un partido entre Portland y Milwaukee, lejos del aplauso merecido.

Aquel arquerito de fútbol que decidió ser basquetbolista después que le hicieran un gol de media cancha, bajó el telón en la “meca” del deporte que eligió como alternativa. Su talento innato, que lejos está de agotarse con la naranja en manos, le dará una mano para acomodar su vida en otro rubro.

El básquetbol no lo olvidará.