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Mirar lo propio

Los tiempos de hoy son distintos a los de décadas anteriores donde los jugadores de fútbol eran tomados de la calle o colegios. Ábila, Bergese y Riaño son unos de los pocos casos que quedan.

28 de septiembre de 2010 a las 12:20 a. m.
Mirar lo propio

A  “Wanchope” Ábila lo enlazaron en algún campito de barrio Remedios de Escalada. A Claudio Riaño lo detectaron en las canchitas del colegio La Salle. “Chelo” Bergese recaló en Racing a los 17 años, antes de un paso por Newell’s, donde había llegado desde el interior cordobés (nació en Pasco).

Antes era muy común que los clubes tuvieran detectores de talentos. Amaban lo que hacían. Hasta disfrutaban arrebatándoles jugadores a su competencia. Estaban presentes en todos los torneos de barrios y en los centros vecinales cuando se jugaba el baby fútbol (hoy fútbol 5). En ese tiempo los clubes tenían acuerdos con colegios, que los becaban para tenerlos también en sus escuadras.

Jugaban los intercolegiales, y más tarde los clubes los iniciaban en las canchas de “11 contra 11”.

Ese método les permitió a los colegios, primero, y a los clubes, después, disponer de algunos de los mejores futbolistas que tuvo Córdoba en los últimos 30 años. La mayoría llegaba a primera división al poco tiempo de haber terminado el ciclo secundario.

Fue una etapa en la que el fútbol cordobés se miraba para adentro. Los chicos nacían en el potrero, crecían entre la pelota y los libros, y maduraban con las tribunas llenas. Era común que los cracks debían contar con muchísimos partidos en el lomo para ir a conquistar a otros públicos. Buenos Aires era la ilusión; Europa, la quimera.

Luego todo cambió. Se empezó a mirar hacia fuera.

Dirigentes, entrenadores, explotadores, mercenarios, y hasta padres y los mismos chicos comenzaron a menospreciar a la plaza Córdoba como generadora y base de proyección de talentos.

Y empezó la migración. Y se profundizó el saqueo. Las divisiones inferiores se agotaron como las minas de oro y plata en la época de la colonia. Los tesoros cordobeses eran pulidos en otros mercados. Y los descensos empezaron a suceder. Y a la par, los de-sencantos.

Según datos aportados en la Liga Cordobesa de Fútbol son 12 mil pibes de nuestra capital y de ciudades vecinas que compiten cada fin de semana en sus torneos. Representan a 40 clubes. Juegan casi 200 partidos entre sábado y domingo.

Los datos son elocuentes: una verdadera ciudad de chicos y adolescentes constituye la materia prima explotada en la base de la pirámide del fútbol.

El valor de la competencia en esa edad es que se inician en el juego, se forman, empiezan a desarrollar el proceso evolutivo que los puede llevar al extremo superior, adonde llegan muy pocos.

Los pasillos de la Liga y el ambiente del fútbol dicen que Belgrano es el que mejor “se mueve” en ese sentido. Una muestra del usufructo que beneficia a todos es el caso de Matías Suárez. Unión San Vicente cobró 500 mil pesos, del millón y pico de euros que Belgrano recibió del Anderlecht de Bélgica. Unión San Vicente lo formó; Belgrano lo potenció. El negocio fue para todos.

¿Otros datos alentadores? Talleres blindó a sus pibes para evitar robos. Instituto proyecta el edificio para contener a sus jugadores mientras mejora día a día el predio de La Agustina.

Racing está cerca de terminar su propio complejo y Sportivo Belgrano, Estudiantes de Río Cuarto, Alumni de Villa María, Juniors, 9 de Julio y Tiro Federal de Morteros y Complejo Deportivo de Justiniano Posse escarban en sus propias raíces para armar sus equipos.

Los sucesivos pasos atrás han obligado a nuestros clubes a volver a las fuentes. Los convenios entre clubes de esta provincia que compiten en la AFA con los de la Liga Cordobesa y los de cada región deberían ser la gran alternativa. ¿El motivo? No hay mejor cosecha que la de los propios frutos.