Messi...todavía es poco
No te pierdas la columna de Enrique Vivanco sobre el mejor jugador del mundo.
Debería tardar la Tierra un poco más en orbitar alrededor del sol para que Lionel Messi llegue a los 100 goles en un año calendario. Tendría que frenar nuestro planeta su giro para que un fenómeno diera paso a otro fenómeno, si es que los 90 goles conquistados por "la Pulga" hasta ahora aún no asombraron. Sin contar sus periodos de vacaciones y de preparación para la alta competencia, Messi ha convertido en este 2012 un gol cada cuatro días. Y todavía parece que lo suyo es poco.
Luego del título mundial de España en Sudáfrica 2010, ese nuevo estatus de Xavi Hernández e Iniesta los ubicó en el mismo pedestal que Messi. La consideración de la prensa y el pueblo español para ubicarlos en la misma línea que Messi era esa: la bendita corona que al “10” se le ha negado.
Ese fue el momento en que estuvo más en discusión su liderazgo, junto a la que desde siempre se ha mantenido en comparación con el otro gran rechazado ecuménico: Cristiano Ronaldo.
Sin embargo, el estilo único de su juego, tan bello en los modos y en las formas, y tan desequilibrante en la red, actuó con una fuerza corrosiva que desdibujó casi por completo cualquier otro intento de contrastar virtudes. Ese breve chisperio, causado más por la prensa y los de afuera, no tuvo extensión en el vestuario catalán.
Por el contrario, quedó ratificada la curiosa y admirable simbiosis de Messi, Xavi, Iniesta, Fábregas, Piqué, Puyol, Busquets con una entidad que debió haberlos muy bien formados en el respeto, la tranquilidad y el compañerismo para tener semejantes muestras de reciprocidad.
Nadie se quiere ir del Barsa. ¿Que marcha primero a nueve puntos de Atlético de Madrid? Sí. ¿Que le lleva 13 a Real Madrid? Sí. ¿Que pasó cómodo a los octavos de final de la Liga de Campeones? También. Se puede suponer que el buen momento invita a quedarse e inhabilita cualquier acción que insinúe abandonar el barco.
Pero desde hace seis años que Barcelona viene arrasando con cuanta vitrina exponga algún objeto que brille. Y salvó un reciente entrevero verbal entre Messi y David Villa, el resultado de la convivencia no muestra humos ni gestos de inmodestia que inviten a pensar en un final de ciclo.
El carácter contemporáneo de Messi y el Barcelona, y la comparación que este tuvo en la selección argentina produce dos fuertes reacciones, entre tantas otras: una es la de la lógica admiración por un estilo precioso y ganador, cuidadoso de lo estético y solidario desde su origen. Su manera de entender la práctica de este deporte se ha diferenciado con el páramo de ideas y de ejecución que habitan otras partes del mundo.
Y la otra reacción es el evidente escepticismo que surge de la insuficiencia de Messi para proclamarse campeón mundial y lo que para muchos todavía es una evidente deuda que sólo su “presunta” genialidad puede hacer posible. Messi debe llevar a la selección argentina a su tercer título mundial, parece ser su obligación.
Ese es el problema de compartir momentos históricos con personas superdotadas. La coyuntura, los 90 goles que parecen poco; lo inmediato debe ser resuelto en nombre de un país y de las necesidades futbolísticas de sus habitantes. Mientras tanto, el ninguneo hace que la perspectiva pierda la percepción de lo más importante: así como en algún tiempo se hizo con Maradona para desnaturalizar la belleza de su juego, se corre el riesgo de no admirar a un futbolista que acostumbra regalar dos goles por partido, y que define una etapa histórica en una disciplina que ha sido generosa al regalar dos fenómenos en menos de dos décadas de diferencia. Y que encima son argentinos.

