La violencia, sin tregua
En su lista trágica que tiene el negro punto de partida el 2 de noviembre de 1924, la ONG Salvemos al futbol registra 263 muertos como consecuencia de hechos de violencia directa o indirectamente relacionados con el fútbol.
En realidad, la cifra podría trepar a 266 si se toman tres asesinatos acaecidos en Rosario en la madrugada del 4 de enero de este año, que fueron atribuidos a un ex barra de Newell’s.
En lo que va del año, la organización cuenta cinco asesinados, por dos hinchas de Nueva Chicago, uno de River, uno de Newell’s y uno de Lanús, el más reciente, muerto el sábado antes del partido que jugaron el Granate y All Boys en el sur del conurbano bonaerense.
Daniel Sosa, de 21 años y abatido de un disparo en el tórax, fue la víctima de un juego de poderes entre barras de Lanús, un club al cual a menudo se elogia por su organización, por su orden y por su auge.
“Estoy destruido”, dijo su presidente Nicolás Russo, quien–todo indica– sabía de la riesgosa interna que había en la barra granate, enfrentamiento que terminó con la vida de Sosa, que estaba en cercanías del estadio junto a su facción esperando ingresar cuando el partido hubiera iniciado, una situación habitual en todas las canchas del fútbol argentino.
No se toma respiro la violencia. Al contrario, parece recrudecer mientras más se declara sobre la necesidad de contrarrestarla. La muerte de Sosa es el eslabón más triste de una cadena violenta que en las últimas dos semanas incluyó, entre otras, las amenazas al plantel de Instituto y a “Gio” Moreno, los disparos a la casa del DT de Chaco For Ever, los jugadores de Boca ofrendándoles camisetas a La Doce, la vergüenza de la barra de Independiente y los disturbios el sábado en el Gigante de Arroyito durante Central-River.
Ahora, por las eliminatorias, habrá receso en las dos principales categorías del país. Los que seguro no se tomarán descanso serán los parásitos que siembran violencia bajo la protección de quienes mucho hablan y poco hacen.

