La independencia, más evidente
El Barsa pasó a semifinales de la Champions gracias a un Leo Messi que, sin estar en su plenitud física, cambió el rumbo del juego.
Messi estaba en el banco, y Barcelona empezó a hojear rápido la libreta de apuntes.
Las páginas pasaban y no aparecía el plan B, o al menos alguna alternativa que lo sacara de una orfandad llamativa. Lucía perdido.
No tuvo más remedio que mirar a un costado y pedirle ayuda. “La Pulga”, quien no debería haber jugado (se resintió de su lesión), no pudo con su genio, que lo obliga a tocar todo para transformarlo en oro, y colaboró con un pase filoso para que Villa se la dejara chanchita a Pedro.
Por primera vez desde que inició su reinado, “el Barsa” pidió la hora.
Quizá sea el llamado de atención a un equipo que en el orden europeo ya no gana cómodo como antes, lo que lo obliga a exprimir al máximo a un jugador, quien de tan responsable y apasionado por lo que hace se exige más de lo que su físico puede ofrecerle.
Como para que Sabella tome nota.

