Fútbol, el juego de la impunidad
Resultó extemporánea, y hasta poco convincente, la respuesta de la dirigencia de Instituto. "Hay balas para todos. Si no ascienden, los vamos a matar", fue la amenaza de la barrabrava a jugadores, cuerpo técnico y asistentes de la Gloria en la madrugada del martes. La gravedad del hecho no daba margen para dilaciones ni cabildeos. ¿Por qué no fue inmediata la condena a los violentos y la solidaridad con los que tuvieron la valentía de hacer público el apriete? Faltó reacción. O quizá hayan estado muy ocupados en contar los euros de Dybala que ya van a venir.
A José Manuel De la Sota, la bomba le explotó justo cuando se peinaba para la foto con Julio Grondona y el anuncio de Argentina-Paraguay en el Kempes. Habló mucho el gobernador cordobés de la emboscada de Corrientes, pero nada dijo del distendido accionar de su policía. Y en medio de tanta "opinología" y frase hecha, disparó la advertencia como un tiro por elevación: "No estoy dispuesto a aportar fondos públicos a instituciones que no combatan a los barrabravas".
La escenografía se repite cada fin de semana, y sin excepciones: profesionales del aliento repartiéndose entradas y dineros en las esquinas, cobrándoles “peaje” a los vendedores en auténticas zonas liberadas, y hasta coordinando acciones con las fuerzas de seguridad. La impunidad de los barras atraviesa estatutos y sentencias por igual. Parece que la locura no tiene fin. En Banfield, los violentos amenazan a los directivos. En Temperley, los directivos reclutan violentos para amedrentar a opositores. En Newell’s, cuentan un muerto más. En Boca, se anuncia el regreso de Mauro Martín a los paraavalanchas de “La Doce”. Y como si fuera poco, ahí anda Ricardo Caruso Lombardi por las calles de Constitución. A las trompadas, como el fútbol argentino y los que deben protegerlo, con el tema de la violencia.

