Entre el clásico y otra versión de la “B”
Pocas horas antes de River-Boca, un canal deportivo “preparaba” a la audiencia a cambiar de señal con la emisión de ediciones interiores del partido más importante del fútbol argentino.
Pocas horas antes de River-Boca, un canal deportivo “preparaba” a la audiencia a cambiar de señal con la emisión de ediciones interiores del partido más importante del fútbol argentino.
La imagen mostraba a Caniggia en Boca, a un Riquelme más joven, a Palermo, al “Patrón” Bermúdez, a Oscar Córdoba… y por el lado de River a Burgos, a Marcelo Salas, a Aimar, a Saviola, a Francescoli, a Astrada, a Roberto Ayala y a tantos más.
Eran clásicos que no salían de su mejor vertiente: lindos goles, emociones fuertes, grandes jugadas, futbolistas excepcionales y todas las tribunas llenas con sus habitantes lógicos e igualmente apasionados. Cualquiera fueran sus resultados, los espectáculos eran en sí mismos de exportación.
El superclásico del domingo último lo ganó Boca, que llegó a Barovero mucho menos que River a Orion. En este sentido, no será la primera ni la última vez que ocurra esto.
Siempre hubo y habrá crónicas laudatorias a la practicidad y la contundencia del equipo que con menos llegadas ganó semejante compromiso. Lo más destacable con respecto a aquel repaso histórico es ver la escasez de grandes figuras y el consecuente brillo que les daban a sus encuentros.
Esta vez, Boca debió apelar al discreto nivel de Riquelme y al esfuerzo sin lucidez de Gago, y sobre todo el tesón del resto para sacar adelante un trámite complicado.
River dependió de un Lanzini ausente, de alguna chispa de “Teo” Gutiérrez, o de algún gesto heroico de un compañero para equilibrar los números. Aunque la realidad los expone en su mediocridad, si para algunos todavía Boca y River marcan tendencia, lo del domingo no sirvió más que para confirmar la pobreza en la que se debate nuestro fútbol, una actividad cada vez más mediatizada, pero a la vez menos atractiva para desmenuzar en lo más valioso que tiene: su contenido.
Ese molde rígido y previsible de juego ha sido roto en el último mes por Belgrano.
Da gusto ver a su medio campo, una banda elástica que se contrae y se extiende en una armonía casi perfecta. Se retrae en la contención clásica, propia del equipo que espera el movimiento de pelota del rival, y sale como una luz hacia adelante cuando recupera el balón o cuando aprovecha el rebote o alguna equivocación del adversario en tres cuartos de cancha. Parten como despedidos por un cañón Farré, “Teté”, Pittinari o Velázquez con la determinación de quien sabe que en “esa” pelota puede dilucidarse el partido.
Belgrano ha sumado más juego y determinación con Pittinari, el engranaje salido de su propio taller que más réditos le está dando en este torneo. Y ha logrado desovillar la difícil trama que anunciaba tantos delanteros para tan pocos puestos. Sin vedetismos, Márquez, “el Picante”, Bueno, Maggiolo y Ftacla han hecho un gran aporte para la causa de todos.
Este Belgrano sin apremios de coeficientes es la versión mejorada y lógica de aquella formación prudente casi al extremo y notablemente expeditiva, que no dormía por cuidar lo obtenido y que acaparaba todo lo que podía. Su oído sigue alerta y su mirada se mantiene atenta.
Esas han sido las grandes premisas en el ciclo Zielinski, quien sin dormirse en la tranquilidad de lo cosechado se da espacio para extraer la imagen desacartonada de un equipo que, en Córdoba, está marcando una época.

