El tiempo es veloz
Es una película, sí, es una cinta interminable de recuerdos que nace y que se desarrolla sin puntos ni comas ni espacios, que tieneel vértigo de tantas apariciones añejas, gratas y casi sin nubes en datos e imágenes.Todo comienza y a la vez finaliza en el estadio Mario Kempes, el que fue el hermoso Estadio Córdoba y el que hoy es un magnífico coliseo adornado por el color, el entusiasmo, las ganas de disfrutar de más de 60 mil personas que se sentaron y se pararon y alentaron y sufrieron, y que se fueron sin poder gritar un gol. Y que se cobijaron en una estructura casi terminada, al que sólo le falta un techo para ser una confortable casa de fin de semana, a la que se va con ganas y pasión, de la que se sale con alegría o desazón, pero nunca con indiferencia.
Allá va la muchedumbre después del Instituto-River caminando a buscar colectivos, o formando el gusano interminable de autos, camionetas 4x4, colectivos viejos que buscan con paciencia pero con insistencia la cercanía de un zorro gris o del burocrático semáforo que les dé paso a la libertad.
Atrás ha quedado uno de los centros de ciudad, el ombligo del fútbol, el lugar del que salen despedidos todos los estados de ánimo que van a acompañar el trabajo, la diversión, la cotidianeidad por días o semanas de casi todos los cordobeses.
Y el recuerdo, por el impacto de tanta actualidad, remite por recuerdos propios a aquella vieja cancha de Instituto, con populares bajitas y un montón de tierra atrás, con la popular Sucre a medio terminar, con la cancha de bochas en donde está hoy la sede y en la que se lo solía ver los domingos a la mañana al Tula Curioni, o en cuya cancha era ceremonia mirar como Ezequiel Balverdi dejaba su gorrita al lado de un palo, o en la que se vio el Instituto del primer Nacional con Kempes jugando con unos Adidas negros con tiras blancas flamantes, recién estrenados.
O yendo hacia el este y entrar en territorio racinguista para ver la pelada de Carlos Jover, o los calzoncillos suspensores, esos que sobresalían del pantalón de Carlos Videla, o un poco más acá en el tiempo pero más allá, al sur, a la Boutique antes de ser Boutique, o a un barrio más que un estadio, un 25 de enero de 1978, pintado desde los cordones de la vereda hasta los troncos de los árboles de azul y blanco.
Y qué decir de aquella tarde luminosa del domingo en la que Belgrano salió a la cancha por primera vez en un Nacional, y con un rival como Lanús, con los albañiles Acosta y Silva, y con “la Chiva” Altamirano corriendo una pelota blanca, pero bien blanca, que si no era una Pintier pegaba en el palo.
La cancha estaba hasta las manos, el sol pegaba a los de la popular chiquita de la calle Hualfin y los alambrados tenían como forúnculos de tanta presión que la gente les hacía como buscando saltar al césped.
Era la época de la mandarina más que de la naranja, del maní en bolsita, de la Coca traída por los cocacoleros en esas bandejas que acomodaban en la panza y que colgaban en el cuello con una cinta; del vigente y siempre ardorosamente deseado (sobre todo si el partido era nocturno) choripán, y con ese tipo de ofertas paremos de contar.
No viene a la memoria ningún hincha pago ni pulmones en la tribuna, ni palcos Vip o Vip Premium. No había satélites ni televisión HD, ni dobles bandejas, ni siete suplentes ni árbitros vestidos de rosa.
La magnificencia del Mario Alberto Kempes, el mejor estadio del país, portentoso como aquel enorme goleador, tiene el encantador poder de remover los caminos de la historia y de convocarlos alrededor de su figura. Es, sin duda, el hito para mirar hacia atrás, y para seguir preparando el futuro.

