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Dybala: el factor humano

25 de octubre de 2011 a las 10:11 a. m.
Dybala: el factor humano

Es probable que la cabeza del joven Paulo Dybala se parezca en estos días a esas fiestas populares que se dan cada cuatro años cuando la selección argentina de fútbol gana los partidos de las etapas clasificatorias de los mundiales antes de quedar eliminada en los cuartos de final.Las caravanas de autos van llegando desde todos lados, se empiezan a sentir sonidos de cornetas, matracas y gritos de aliento o de histeria por esa reivindica­ción futbolística que dura general­mente entre cuatro o cinco días, o hasta que comience el próximo partido.

Todo cordobés reconoce esa imagen: la de por sí transitada y caótica ex plaza Vélez Sársfield se transforma en un movimiento de gente sin control, de tonos destemplados y de frenesí en muchos casos desmesurado.El pibe Dybala era un perfecto desconocido hasta hace poco más de dos meses. Lejos de cualquier ruido, la rutina lo llevaba a entrenar en La Agustina y a jugar los fines de semana en las inferiores de Instituto, a ir al colegio secundario y a visitar a su familia en Laguna Larga cuando podía. En su olla semanal, Paulo mezclaba deporte, estudio y familia. Todo bien. Todo llano. Todo tranquilo.

Desde que empezó a hacer goles en la Gloria y a mostrar buenas cualidades técnicas, su apellido traspasó las fronteras de Alta Córdoba, las de la provincia y las del país. No es común que un chico de 17 años debute en primera división, juegue bien, iguale un récord de Mario Alberto Kempes y sobrelleve con mucha mesura en sus declaraciones el peso de una expectativa sobrecargada.

Por estos días su nombre se asocia a portadas de periódicos portugueses, a interés de clubes ingleses, a empresarios, a representantes, a millones de euros, a derechos de formación, o a preguntas sobre cuánto tiempo más debe quedarse en Instituto, cuánto más puede rendir, si estamos en presencia de un pichón de crack o de un invento del periodismo, o si el imaginario popular dibuja imágenes idílicas alrededor de jóvenes que por el momento sólo quieren entrar a una cancha para seguir viendo qué pasa.

En los vestuarios de fútbol, lamentablemente, no hay un manual de asistencia al futbolista joven y atribulado, pretendido y acosado, exigido y reclamado.En estos casos en los que el mundo cambia por completo, en los que la vida se puede ver desde la espuma del ferné o por las burbujas del champagne, sirven de freno las palabras mansas de un familiar, de un compañero o de un entrenador experimentado.

Ellos pueden ayudar porque están en el medio y pueden separarse del tira y afloje del dirigente que mira el provecho del club si se concreta una gran venta o de la pretensión del empresario que intenta acabar de inmediato con la operación para asegurar rápidoel negocio.

Se dice que hay más de 20 millones de pesos en juego; que el pibe se haría millonario; que Instituto terminaría y haría obras; que la tranquilidad económica acamparía por un largo verano en Alta Córdoba y varias cosas más.En ese océano de especulaciones, siempre vendrá bien mirar el costado humano, preguntarle al ju­gador si está conforme y contento con lo que le está sucediendo, y en el caso específico de Dybala, si toda esta avalancha de sensaciones no le compromete, por ejemplo, el final de sus estudios secundarios.

Porque como ya se ha dicho tantas veces, no todo empieza y termina en una pelota de fútbol.