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Almeyda se merece el bronce

24 de junio de 2012 a las 01:06 p. m.
Almeyda se merece el bronce

Había que tener mucho amor propio y demasiada convicción para tomar la decisión que Matías Almeyda adoptó hace poco más de un año. El descenso ante Belgrano ya era realidad y River ardía.

Él, que había sumado su quinta amarilla en Córdoba, vio el último partido detrás del arco que Juan Carlos Olave defendió en el segundo tiempo. O sea, “el Pelado” fue testigo directo y a centímetros del decisivo penal que el arquero celeste le atajó a Mariano Pavone.

Seguro, en ese momento, se convenció de que la suerte estaba echada y de que el destino sería aquel por el cual la entidad de Núñez había hecho suficientes méritos durante varios años de desmanejos institucionales y deportivos: la B Nacional.

Almeyda no dudó, entonces, como casi nunca antes lo hizo cuando se ponía la número “5” de la banda roja, de la selección o de cualquiera de los otros tantos clubes en los cuales mostró su temple y determinación.

Todavía el cuerpo estaba caliente y las lágrimas seguían cayendo cuando se comunicó con Daniel Passarella, presidente del “Millo”, para decirle que quería ser el DT, que estaba dispuesto a agarrar el fierro caliente y hacer lo imposible para devolver al club de sus amores al lugar de donde él pensaba nunca debió irse.

Sería su debut como entrenador, todo un desafío. Su primer paso no tenía margen de error y él lo sabía. En un momento lo sintetizó así: “Es ascenso o destierro. Sé que me puedo cavar una fosa de la que no voy a salir nunca más”.

El técnico vivió bajo la lupa y su equipo denunció durante gran parte del campeonato que era su primera experiencia como entrenador. Con un plantel jerarquizado, aunque con algunos puntos débiles como el arquero y el sistema de contención, en contadas ocasiones logró que su equipo convenciera con sus actuaciones. Pero no claudicó, y ayer sus detractores debieron rendirse a sus pies: fue él, Matías Jesús Almeyda, el mismo en el que muchos no creían, quien devolvió a River a la máxima categoría argentina.

Su fe y la de su círculo íntimo fue determinante para cumplir su misión. Quizá no siga como el DT millonario, pero no existirá aquella temida fosa. Es más, se merece un bronce que lo inmortalice.