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Londres 2012: El hipnotismo de Michael Phelps

La presencia del estadounidense en el Centro Acuático de Londres es un atractivo especial para los espectadores. Cuando compite, paraliza al público y crea una atmósfera pesada y nerviosa al nadar. Hoy, puede conseguir su 18ª medalla.

31 de julio de 2012 a las 12:20 a. m.
Federico Giammaría, enviado especial a Londres
Londres 2012: El hipnotismo de Michael Phelps
Gigante. Por algo le dicen “el Tiburón de Baltimore”: en la pileta tiene una extensión de brazos de tres metros. Es parte de la historia mundial. (Foto: AP)

El estómago de Michael Phelps se contrae y se dilata al ritmo de su respiración. El movimiento es hipnótico. El pelo achatado por el agua y la bocaza enorme le dan un aire a Carlos Tevez, sobre todo cuando deja caer la mandíbula. El genio de la natación mundial acababa de nadar las eliminatorias de los 200 mariposa y la prensa lo rodeaba como a una estrella del rock. Sin levantar la voz, respondía sonriente. Como si fuera un mortal más. Camina por la zona mixta sosteniendo sus bártulos y las gotas de agua que se resistían remarcaban un cuerpo exorbitante. Impactante.

El nadador estadounidense está despidiéndose de los Juegos Olímpicos para siempre. Anunció que serán los últimos y que quiere llegar a ser el deportista que más medallas haya conseguido jamás. Ya obtuvo una y necesita conseguir dos más para batir la marca de la gimnasta soviética Larisa Latynina (que tiene 18). Michael tiene 17 (14 de oro). Por eso, su presencia en el Centro Acuático lo hace un imán. Nadie quiere perdérselo.

“Phelps, biomecánicamente, está hecho para nadar. Tiene un cuerpo perfecto para este deporte: tronco largo, extensión de brazos de casi tres metros y piernas más cortas y potentes. Mucha fuerza y gasta poca energía”, asegura Georgina Bardach, la cordobesa que ha compartido entrenamientos con el estadounidense. “Es realmente fuera de serie”, agrega. “Es un tocado por la varita. Único”.

Pero su cuerpo no es su mente. Phelps no la ha pasado bien en su niñez. Sus padres se separaron cuando era pequeño y al poco tiempo le fue diagnosticado un déficit de atención por desorden de hiperactividad. Hace algunas semanas, una mamá cordobesa contaba en La Voz del Interior que tenía un niño con el mismo problema. “Con déficit de atención no te quieren en ningún lado”, contaba, resignada, reconociendo que su situación generó que su vida y la de su niño fueran un desastre.

Al niño cordobés le recetaron una dosis diaria de metilfenidato (Ritalina, en uno de sus nombres comerciales), un psicotrópico que mejora la atención y tranquiliza. Fue exactamente lo que comenzó a tomar Phelps por aquellos años de la crisis de sus padres. Tres dosis diarias para tranquilizarlo. Pero no fue con la droga que cambió su vida. Fue con la natación. “Poco después de comenzar a nadar descubrí que la pileta era como un paraíso de seguridad”, escribió en su autobiografía “Sin Límites. La voluntad de triunfar”. Para el niño de Baltimore, las paredes a cada lado, la líneas marcando las calles y la raya negra al fondo de la pileta “ralentizaban” su mente.

Al fin. Hoy está llegando a su fin como nadador. Ha trabajado desde que tenía 11 años, cuando lo descubrió Bob Bowman en el Club Acuático de Baltimore. Como ningún otro nadador en la historia, consiguió en Beijing 2008 ganar ocho medallas de oro después de sesiones diarias de competencia inhumana, recuperación científica y determinación Made in USA.

Por estos días, aparece por el Centro Acuático de Londres para dar sus últimas hurras. Se ríe, mostrando sus enormes dientes de un blanco de propaganda, y carga sin problemas con un tórax esculpido en una fábrica de campeones. Imposible saber qué piensa cuando nada, si es que sigue abstrayéndose de todo al zambullirse, o si su mente sólo quiere ganarlo todo. Lo cierto es que sigue llegando al cubo de largada con la música en tremendos auriculares, concentrándose en busca del récord más grande de todos los tiempos.

Aunque esté viejo, cansado, con el motor fundido, por ahora tiene una medalla en Londres (plata en la posta de 4x100) y quedó cuarto en los 400 combinados, derrotado por su compatriota Ryan Lochte, la contracara del pibe de Baltimore.

En los Juegos Olímpicos, hay dos tipos de deportistas. Los que luchan, se destacan, a veces ganan y otras pierden; y las súper estrellas que convierten la competencia en una cita con la historia. Phelps está entre los segundos, junto con Usain Bolt y, quizá, con Roger Federer. El nadador paraliza al público y crea una atmósfera pesada y nerviosa al nadar, que hace del momento una experiencia casi religiosa.

Ayer, se clasificó para la final de los 200 metros mariposa y ahora irá por la victoria. Pero quién sabe. “Phelps ya ha dado lo mejor de sí. Ahora está dando lo que le queda”, dijo el diario Washington Post después del cuarto puesto, el sábado, en los 400 combinados. Si tiene aún nafta en el tanque se verá en los próximos días. Tiene cita con la historia y está muy cerca de traspasar los límites de cualquier leyenda. Aunque parezca que va a reventar después de cada carrera y su espalda sienta que carga con todo el oro que lleva ganado en su corta, pero intensa, vida como nadador.