“Vi a Dios, me puedo morir”
Ver a Messi. La gente se identificó con la selección.
–Loco, vine a buscar el asombro.–¿Qué? ¿Tomaste ferné? ¿A quién le dicen así?
–A Messi.
–Ja. Tiene mil direcciones. Todos en el césped. De alguna, va a salir. Yo ya tengo mi gorro, mi camiseta... ¿Vos?
–¿No me ves? Parezco un jugador. Hasta el calzoncillo tiene el 10. Messi tiene que hacer un gol. Para eso vinimos. Al pibe sólo le faltó haber nacido en Córdoba para ser perfecto.
–Sí. Y que sea de Belgrano.
–De Talleres, ja.
–Dale, vamos, entremos.
A puro humor, dos cordobeses entraban para ver a la selección en Mendoza. Bah, para ver a Messi. 40 mil personas andaban en algo parecido. Un rato después, el espectáculo que fueron a buscar se ofreció elemental. De un 10 top, hubo tres actos que asombraron a todos, incluidos a los de corto. Aliviados, los propios; ridiculizados, los ajenos.
El primero fue gambetear a tres rivales en dos baldosas para definir con un tiro que se fue “ahí” del travesaño. Luego, el 1-0 cuando Muslera quiso tomar la pelota. La tenía y de repente ya no. “Leo” la mandó a la red. Y el tiro libre por debajo de la barrera.
Ahora bien ¿qué pasa cuando juega el 10? ¿Qué hace la gente que lo ve? ¿Cómo llegan ahí? Sacrificios, locuras que han sido provocados con la aparición de un elemento identificatorio con la selección, después de muchos años. Son historias menos conocidas. No tienen prensa. Pero no por eso son menos importantes: son las que harán en leyenda ese momento compartido con “el 10”. Para contar a hijos y nietos: esposas y novias. A quienes no llegan al privilegio de ver a Messi.
Historias
“Messi no juega... toca. Es un músico. ¿No viste al del Barcelona?”, dice Juan. “Vi uno mejor”, obliga a la respuesta de Mundo D.
Este cordobés, como cerca de 70 que suelen viajar seguido para ver a la selección (pagaron 1.290 pesos por el tour) estaba en platea descubierta y se cruzó todo el estadio para venirse al área de prensa. Necesitaba decirle a alguien más lo que significa Messi. Y allá seguía buscando más colegas...
Ahí cerquita había otro hincha que se pasó el partido con la boca abierta. Cuando terminó el juego, Eduardo Asís dijo: “Vi a Dios. Ya me puedo morir tranquilo”.
Todo lo que pasa en las tribunas gira en torno al “10”. El cocacolero mide los pasos. La tiene Messi y él, se para. No la tiene el crack y avanza. Igual, con los heladeros y vendedores varios. “Golea Argentina. Si pongo una piedra que tenga el ‘10’, me la compran”, dicen. Los juegos de la selección se viven distinto. Todos sin excepción esperan el gol de Messi.
Pasó en Mendoza, anoche en Chile. Cuando jugó en el Kempes. Por Copa América con Costa Rica, gravitó y mucho, pero la gente no se fue conforme del todo porque no convirtió. La satisfacción llegó por eliminatorias ante Paraguay. Genera adhesiones y polémicas. “Los porteños están locos. Mirá como juega en el interior. Deben estar muertos de envidia”. Hay señoritas que gritan cada vez que recibe como si se tratara de Luis Miguel o Alejandro Sanz. Otras le gritan: “Haceme un hijoooo”.
Messi debe ignorar el 90 por ciento de estos relatos y a sus protagonistas. Vive siendo Messi, mientras la gente construye su leyenda. Y celebra ser testigo. Pasó con Maradona. ¿Quién no se acuerda qué hacía el día del golazo a los ingleses? Messi ya comenzó a ser parte de nuestras vidas.