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Una vez más, el crack de la selección pagó toda la cuenta

Saldo deudor. No fue el mejor partido del seleccionado argentino, pero el peso específico de su capitán solucionó problemas y disimuló carencias.

08 de septiembre de 2012 a las 10:08 a. m.
Una vez más, el crack de la selección pagó toda la cuenta
Di María, de gran partido, vuela por los aires. (Foto: Antonio Carrizo)

Argentina se quedó con los tres puntos por el peso específico de sus figuras. Y también porque tuvo más eficacia y determinación. De la victoria 3-1 ante Paraguay, a la hora del balance, bien podría decirse que el equipo de Alejandro Sabella fue el responsable absoluto de todo lo bueno, lo malo y lo feo que le tocó experimentar en los 90 y pico de minutos en los que transitó el impecable césped del Kempes.

El prematuro gol que el árbitro Wilson Selene le adjudicó en la planilla a Ángel Di María (el volante de Real Madrid pateó, la pelota se desvió en la espalda de Ezequiel Lavezzi y descolocó al arquero Justo Villar) se pareció demasiado a un balde de agua helada para los guaraníes.

Quizá tuvo el efecto de frenar ese impulso inicial que lideraron Roque Santa Cruz y Jonathan Fabbro, pero no alcanzó para tranquilizar a los propios jugadores y mucho menos para clarificar la propia propuesta.

Ese desparejo “doble cinco” que formaron Gago y Braña, y el empecinamiento individual de Di María complicaron las chances albicelestes porque Messi, en los papeles delantero, tuvo que bajar muchos metros para tutearse con el balón.

En el arranque, "la Pulga" no fue la escala obligada en el tránsito del balón hacia campo contrario, y esa estrategia dio sus frutos. Pero el seleccionado nacional empezó a necesitarlo cada vez más y ahí fue dónde quedó en evidencia la falta de socios que estuvieran dispuestos a aportar acciones que inyectaran algo más que sacrificio y voluntad.

Para colmo de males, Braña quiso completar un rechazo de Fernández, saltó con las manos abiertas y la pelota le jugó una mala pasada. Esa desafortunada acción del "Chapu", la primera de una noche olvidable del jugador de Estudiantes, le dio a Fabbro la chance de recomponer rápidamente la paridad inicial. Paraguay ya había inquietado con un solitario cabezazo de Alcaraz.

Aquella falta de juego asociado y la permisividad del referí complicaron a Argentina, cuyo planteo se tornó previsible, confuso y cada vez más necesitado de una ráfaga de talento personal. Messi y Di María trataban de sortear escollos como podían, y en esa maraña de piernas Higuaín sacó provecho de un mal rechazo para desnivelar otra vez. Antes del descanso, Messi sorprendió a todos con un tiro libre, pero el travesaño le desdibujó la sonrisa.

Ya en el segundo tiempo, el palo le ahogaría el grito de gol al delantero del Barcelona, tras una apilada de las suyas y una exquisita definición. La tercera sería la vencida: tiro libre desde 25 metros, zurdazo inatajable y partido liquidado. Ni los ingresos de Haedo y Cardozo le habían alcanzado a Paraguay para sacudirse la modorra. Argentina ya le había permitido demasiado, pese a su escasa exigencia, y no estaba dispuesta a otorgarle más ventajas.

En cuanto a juego colectivo, quedó en deuda la selección. Pero, una vez más, Messi saldó todas las cuentas. Ya le debemos demasiado.