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Trezeguet, el último romántico

El jugador de River se convirtió en un gran ídolo del "Millonario". En sólo seis meses, llegó al corazón del hincha arriesgando el prestigio ganado.

26 de junio de 2012 a las 10:14 p. m.
Federico Giammaría
Trezeguet, el último romántico
David Trezeguet, un ídolo de River para toda la vida (Foto: DyN).

Hay algo más que un triunfo deportivo en el regreso de River a la Primera División argentina. Y está personificado en el francés David Trezeguet, quien hizo de un desafío personal una gran demostración de deportividad y pasión por el fútbol.

"Salvado" económicamente y con todos los títulos posibles en su haber, Trezeguet aceptó jugar en River en el peor momento de la historia deportiva del club. Jugándose el prestigio y los laureles a cambio de una incertidumbre más propia de un amateur que de un profesional exitoso.

River tiene halo de equipo romántico: puede enredarse en intrigas, conflictos y temores que han socavado parte de su tremenda historia, pero es capaz siempre seducir a sus hinchas –y Trezeguet lo es– hipnotizándolos con promesas de gloria y fútbol épico, de belleza sin par. Amor y desamor, día a día.

Hacía rato que el Millonario no tenía un festejo genuino, adornado de buen fútbol y pompa que renovara ese amor. El de ayer fue un deshago profundo y angustioso, mezcla de pesadilla y castigo histórico, pero no una alegría de campeón. Excepto por una circunstancia no menor: la consagración de un ídolo de la espesura de los más grandes, flamante ingreso a la galería de los merecedores de un monumento rojo y blanco.

Trezeguet metió los goles que devolvieron a River a Primera División. No sólo los dos de ayer. Todos los que convirtió (los 13 en la B Nacional) son trascendentes y sin ellos es imposible explicar la campaña que desembocó en el regreso. Sólo un jugador de su clase y su clarividencia pudo sortear los laberintos de un campeonato que pintó como imposible para el Millonario. Sólo David fue capaz de tocar de primera y salir hacia adelante en los momentos justos.

Jugarse el prestigio a los 34 años, después de haber tocado el cielo, merece un aplauso cerrado de todo el fútbol argentino. Es un buen ejemplo en tiempos de rienda corta y especulación mercantilista. Debió sentirlo así el francés cada vez que gritó un gol. Debió sentir que hay cosas que el dinero jamás podrá comprar.