Tirate una cábala
–Querida, ¿me lavaste el calzoncillo negro?–¿Cuál, el del elástico roto con dos agujeros?–Sí, ese.–Lo tiré.–Noooooo, ¿y ahora que me pongo para ir a la cancha?
Palabras más palabras menos, este diálogo se reproduce por miles en el día previo al partido y a veces hasta pocas horas antes de partir hacia la cancha. Tiene variantes la conversación transcripta y también puede cambiar la indumentaria (camisa, medias, bombacha, pañuelo, campera o pantalón), pero siempre persigue un sólo objetivo: tomar la prenda como cábala y partir a la cancha, esa cajita mágica de grandes dimensiones que despierta los sentimientos más nobles y a veces los más irascibles.
"Las cábalas no existen" dicen los racionalistas a ultranza y lo defienden con bases científicas, sólidas. "Si existen", repiten quienes se inclinan por el esoterismo, la astrología o la magia para descargar sus éxitos y también sus frustraciones. Lo concreto y real, al margen de esta discusión con ribetes filosóficos en el ambiente deportivo, sobretodo en el futbolero, es que el próximo fin de semana vuelven los principales torneos y con él regresan las cábalas.
Sentarse en el mismo lugar, comer siempre lo mismo, escuchar la misma canción (por vieja que sea), usar la misma ropa (el calzoncillo encabeza el ranking), ir a la cancha con el mismo grupo de amigos y otras rarezas forman parte de ese particular folclore. Cada uno con la suya. Cada loco con su tema.
La pregunta que surge de cajón, cuando todos (o la mayoría) tienen una cábala, es saber cuál se impone. En un clásico, con la misma cantidad de gente y cada hincha con su cábala, quién gana si se supone que todos tienen el mismo “poder” supersticioso. Siguiendo la lógica de las cábalas, se supone también que los clubes de más hinchada deberían ganarle siempre a los que menos seguidores tienen. Tampoco hay respuestas. ¿Existen o no existen?
