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Selección, decencia y renacimiento

¿Cuál es la diferencia entre la selección que ganó los títulos mundiales de 1978 y 1986 con la de 2014?

04 de julio de 2018 a las 07:58 a. m.
Selección, decencia y renacimiento

¿Cuál es la diferencia entre la selección que ganó los títulos mundiales de 1978 y 1986 con la de 2014? ¿Qué separa a aquellas copas América ganadas en 1991 y 1993 con las de 2004, 2015 y 2016? Va una pista.

Es la misma que convirtió en inteligentes a los planteos de César Luis Menotti, Carlos Bilardo y Alfio Basile, y en miserables y fracasados a los de Alejandro Sabella, Marcelo Bielsa y Gerardo Martino.

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Lo que separó a unos de otros, en la cancha y en la historia, es un gol de diferencia. Sí, un acierto ofensivo. Nada más ni nada menos.

Sin embargo y claro está, hay que hacer la salvedad que ese fue el precio que les hicieron pagar a la selección y a sus protagonistas –los de corto y aquellos que tuvieron el buzo DT– los dirigentes que bajaron esa línea resultadista en la que sólo importa ganar a como dé lugar, más allá de los procesos y de sus ejecutores.

De aciertos y errores. Vivimos la película del resultado por el resultado, del increíble reduccionismo de creer que apenas unos días pueden alcanzar a un grupo de talentosos más un entrenador que crea que desde el optimismo se puede llegar lejos.

Es más, en algunos casos siendo infiel a esos ideales que lo pusieron en la mira de la selección.

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Como fue el caso de Sampaoli, quien terminó preguntándole a Lionel Messi si entraba Sergio Agüero.

Ese modelo 2018 nos llevó al Mundial y también nos echó. Es cierto que con tres aciertos más (uno para llevar a Francia a los penales, otro de puntería para dejarla afuera y otro para vencer al siguiente rival de cuartos), habríamos llegado a jugar nuevamente siete partidos de un Mundial.

Buscar un chivo expiatorio en la falta de personalidad de Messi es tan injusto como el desafío de ser un superhéroe en cada partido para que la selección gane.

Había que darle un equipo, pero lo dejaron solo. Hasta “jugó” a ser entrenador al pedir la vuelta a la línea de cuatro y la inclusión de algunos con los que más jugó en la selección, o mejor lo entienden.

Sin embargo, para quienes conciben que el resultado debe ser una consecuencia de un trabajo de años, lo que separó a la selección del éxito fue el caos que caracterizó a esta y a otras preparaciones. La diferencia fue de muchos “goles”... Perdón, de años.

Debe iniciarse una nueva era. Por eso se creía que asumir la responsabilidad y el costo de las decisiones tomadas de los dirigentes que armaron a esta selección iba a ser algo inmediato y necesario.

El duelo debía ser corto para poder declararse en tiempo de cabildo abierto y así empezar el avance a la refundación. Sin embargo, el árbol volvió a taparles el bosque.

Ningún dirigente se hizo cargo del papelón futbolístico, táctico, de convivencia y organizacional.

Sólo fue limitado al DT Jorge Sampaoli, al que Claudio Tapia, titular de AFA, consideró como “el mejor del mundo”, al que se le firmó un contrato por cinco años y que podía interrumpirse sólo si se abonaban 20 millones de dólares.

Para “Sampa”, lo del proyecto sólo era una farsa en la cancha, no en los papeles.

El DT no se fue, Tapia no se hizo cargo y sus pares tampoco. Nadie tuvo un gesto de grandeza. Al final, el único que renunció fue Javier Mascherano, viendo que ya había dilapidado un poco de su prestigio.

No es el comienzo que se necesita para organizar ni para llenar de decencia a la selección. Ni cerca.