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River campeón: el camino de Dante

El título de River también demostró que hoy, para ser hincha del Millo, hace falta más que el recuerdo de las viejas glorias. La historia de un pibe de 14 años lo demuestta.

19 de mayo de 2014 a las 01:08 p. m.
River campeón: el camino de Dante
Los cordobeses hinchas de River se juntaron a festejar en el Patio Olmos (Foto: Ramiro Pereyra).

Dante tiene 14 años. Está hecho de un material que ya no se consigue. Parece un viejo hincha de River, aunque su conciencia futbolística lleve en construcción poco tiempo. En un trechito de vida ya ha llorado tanto de tristeza como de emoción. Pero nunca se movió, siquiera un milímetro, de su amor por la banda.Dante vive en Córdoba capital. No se había terminado de acomodar en el cole cuando, sin saberlo, comenzó a descubrir que se venía la debacle más pronunciada de River. Entre sus recuerdos, el primero es aquel fatídico partido ante San Lorenzo por la Libertadores de 2008. Ese donde Ramón Díaz festejó un gol contra la Banda y la eliminó su propia casa. Esa noche entendió que no iba a ser fácil el camino. Lo tiene grabado entre los pocos recuerdos de su disco duro. Puede describirlo de memoria.

Después, pudo festejar con Simeone. Era, hasta ayer, el último título de campeón y fue también en 2008. Recién terminaba de aprenderse las tablas de multiplicar, pero ya cantabael "River, mi buen amigo". Parecía que iba a ser fácil ser hincha del Millo. Lo que vino luego para Dante lo marcará para el resto de sus días. River se perdió en las tinieblas de una administración fantasmagórica y empezó a caer. Y cayó. Pasaban técnicos, jugadores, partidos y el equipo perdía, se hundía y la gloria que le habían prometido no estaba por ninguna parte.

Dante crecía (ya tuvo edad para pedirle a su papá que, en el dormitorio, le pintara una banda roja cruzando una de las paredes) y River se desinflaba.

Cayó tanto que terminó jugando la Promoción. A cuadras de su casa, en barrio Alberdi. Contra Belgrano.

Llegó el descenso y la pérdida de la inocencia. Para Dante y para los millones de hinchas que alguna vez se habían sentido inmunes al drama. Fue el infierno del 26 de junio de 2011. A la segunda división, algo inédito. Por ahí pasó la vida. Un año de intentar entender entre cambios hormonales, canchas imposibles de la B Nacional y gastadas impiadosas (¡Ay, los niños, qué crueles son!).

De pieDante se mantuvo inconmovible. Sí, su mamá llegó a prohibirle que viera los partidos del equipo de Matías Almeyda. Lo veía sufrir demasiado. Mucho karma para tan poca edad. Igual, se las arregló para bancar la historia. Armó una fan page en Facebook y por ahí descargó la rabia. Dejaba documentada su estoicidad.

Amó a David Trezeguet con sinceridad de acero. No hubo nadie más importante (lo sabe su padre) el día después del gol del francés contra Almirante Brown. El ascenso no hizo más que confirmarle a Dante que lo malo había sido una circunstancia. En el fútbol, volver a ser no es un tema menor.

No dudó jamás. Jugaba River y se plantaba frente a la tele. Hasta llegó el momento de conocer la cancha gracias a esa voluntad de su padre. Dante fue hincha de River sin complejos.

Lo dejó en claro cada domingo cuando iba a jugar al fútbol con el cole. Medias de River. Pantalón de River. En pleno Córdoba, a meses de la Promoción, rodeado.

Así, aunque no lo supiera, daba una lección. No había argumentos frescos de gloria que reafirmaran su lazo. Nada. Ahora, para ser de River era necesario un aguante (si vale el término) especial. Porque la magnitud de la caída era directamente proporcional al gaste, a la burla (¡Ay, los grandes!). Los años de oro habían terminado y era el momento de las pruebas más difíciles. Sobre todo para un pibe.

Dante creció. Como River. Se tranquilizó frente a la tele (a pesar de la bronca cuando echaron a Cavenaghi y al Chori Domínguez) y entonces sintió que tanto esfuerzo comenzaba a tener recompensa. Volvió Ramón, terminó el turbulento ciclo de Passarella y el Millo comenzó a encaminarse.

Ayer, River salió campeón. Un título más en la historia de un club que ya cosechó 35. Un título único para Dante, que no paraba de llorar cuando su papá lo llamó para felicitarlo. Con la voz cada vez más gruesa y los primeros granitos del acné, su emoción era prueba de que son nuevos tiempos, más sufridos y sacrificados. Por eso, ni hubo intento de ocultar las lágrimas.

Es que el fútbol será puro huevo, aguante y hasta violencia, pero no hay nada que haga flaquear más a un hombre que el amor por la camiseta.

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