Racing-Talleres: las hinchadas turnaron sus momentos de felicidad
Contrapunto. La fiesta empezó en la tribuna local, pero terminó en la visitante. El empate, por cómo venía la mano, le cayó mejor a la “T”.
El Kempes fue el escenario de un partido vibrante entre Talleres y Racing, en donde, más allá del 2-2 final, lo que primó fuera del campo de juego fue el cambio de energías en uno y otro bando. Unas 15 mil almas "sufrieron" un vaivén emocional, en sólo 90 minutos de fútbol."Mirá vos el partido que hizo Racing, che", se lamentaba uno de los plateístas académicos mientras bajaba las escaleras del mundialista, cuando el resultado se había definido escasos minutos antes, y no precisamente a su favor. De fondo, el coro de miles de albiazules celebraba la forma por la que se obtuvo el empate, sobre el final, y después de ir, una y otra vez.
Sin embargo, en el arranque de la fría noche cordobesa la fotografía fue totalmente distinta. Los rápidos goles de Bubas sirvieron para que en la popular Artime los fanáticos que llegaron desde Nueva Italia entren en calor y comiencen a cantar y agitar sus banderas, sacando pecho por los suyos, desahogándose al sentirse capaces de romper una racha negativa en donde el gol era el gran ausente.
Todo parecía pertenecer a los "locales": cuando "el Negro" Ramos se dirigía al árbitro, lo aplaudían, cuando Godoy volaba de palo a palo, lo ovacionaban. La fiesta era suya, al menos durante esos instantes.
Del otro lado, Sialle corría de un lado al otro, pero sin dar indicaciones –su equipo ya estaba intentando revertir su suerte– sino alcanzando alguna que otra pelota para apurar el juego. Claro, es que los alcanzapelotas también jugaban su partido. Todo cambió sobre el final, el DT celebró la igualdad, como sí por fin hubiese llegado el premio a tanto esfuerzo de sus muchachos.
En la Willington, también se observó una metamorfosis. La parcialidad albiazul lucía distinta. Sin banderas, sin bombos, sin esas marcas características de la barra. Eran señales tal vez de la "poca difusión" de la que se quejaban algunos dirigentes del club organizador. Algunos no estaban, o al menos no se mostraron como siempre. Sin embargo, el aliento no faltó.
La frustración inicial que significaba estar abajo en el marcador se tornó en cantos esperanzadores motivados por las diagonales que repetían con pelota dominada de Carabajal o Becica, en aplausos de aprobación a la entrega por parte de un goleador como Klusener, que se iba expulsado tras establecer la igualdad, y en miles y miles de caras sonrientes que se retiraron satisfechos por vivir un buen partido de fútbol.
