Opinión de Mundo D: el presente ya es de otros
¿Puede superar los octavos de final un equipo que empató con Islandia y fue goleado por Croacia?
Los jugadores argentinos no pudieron ir más allá de una realidad que ellos mismos construyeron. La generación de Messi quizá supo en Brasil 2014 que no iba a tener otra oportunidad; que después de ese segundo puesto tan valioso y a la vez tan injustamente despreciado, ni a sus integrantes ni a quienes la dirigieran les iba a llegar otra posibilidad de sentir la dorada seducción del premio más anhelado del mundo.
Supieron que la biología les iba a jugar en contra; que los años no iban a pasar sin dejar huellas y que intentar escalar el Everest, ahora sí, con la cima incluida, les demandaría un esfuerzo superior, casi extremo. Pero, nobleza obliga, hay que decirlo, ellos, y quienes los dirigieron, avisaron que todo sería mucho más difícil.
Lo advirtieron a través del azar, en esa doble definición por penales ante Chile en sendas copas América. Lo señalaron ante el caos y la anarquía de la AFA en aquella rebelión que a Messi lo alejó del equipo. Y lo admitieron con sus reconocidos errores, expresados en un camino de varios años, algo que ninguno de sus tres últimos entrenadores pudo solucionar. Uno de esos ejemplos ocurrió en noviembre de 2016 en un Brasil 3 Argentina 0 en las eliminatorias sudamericanas, cuando Edgardo Bauza miró como entre Neymar y Philipe Coutinho arrasaban a su equipo. Ese partido reafirmó lo que dejó la derrota inaugural ante Ecuador en la cancha de River: que la selección era un equipo muy vulnerable.
Ese derrumbe ante el primer martillazo es uno de los ejemplos de aquella advertencia sobre que todo sería más difícil. Volvió a ocurrir en el amistoso ante Nigeria antes del mundial y frente a España, con aquel impiadoso 6 a 1 en Madrid. Ante la primera brisa, Argentina perdía totalmente su estabilidad. Francia no necesitó ser un huracán para voltearlo.
El muestrario de debilidades es extenso: desde la dependencia casi absoluta ante el liderazgo más futbolístico que temperamental de Messi, hasta los cambios (algunos difíciles de digerir) de Sampaoli para consensuar “su” equipo con el que le proyectaban los líderes del plantel.
Esos 90 minutos ante Francia parecieron resumir todo el ciclo argentino después del mundial Brasil. Se mezcló la nula previsión del entrenador para contener a Mbappé y el esfuerzo ineficaz en el repetido desorden de los jugadores. Argentina, frente a Francia, fue un poco de todo su pasado.
El futuro, como ocurre después de un gran tropiezo, se ofrece lleno de dudas. Una etapa ha concluido. Una nueva era ha comenzado. Continúe o no Sampaoli, la propuesta deberá contemplar una participación más limitada de Messi y un recambio de jugadores que intente garantizar una oferta de juego más confiable y, por cierto, ganadora.
En estos últimos cuatro años, salvo muy esporádicos casos, Argentina, aun con valiosas individualidades, ha ofrecido un juego que la distinga. Las varias manos que la moldearon no tuvieron la firmeza para hacer un conjunto sólido. La selección, en estos tiempos, ha sido más respetada por su historia que por su actualidad. Francia, con su juventud irrespetuosa, no tuvo en cuenta aquellos lejanos logros. Con sus cuatro goles le hizo notar que el pasado ya no importa y que el presente ya es de otros.