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Olave renovó en Belgrano: la historia de un tipo perseverante

Renovó hasta junio de 2017 con el Pirata. El emblemático arquero celeste firmó por un año y medio más. Será uno de los jugadores más “veteranos” del fútbol argentino y seguirá aumentando su récord de presencias con la camiseta del Pirata.

26 de diciembre de 2015 a las 11:02 a. m.
Olave renovó en Belgrano: la historia de un tipo perseverante

La Navidad acompañó al pueblo de Belgrano con la noticia de que uno de sus más grandes ídolos, Juan Carlos Olave (39), renovó su vínculo con el Celeste hasta junio de 2017, con lo cual el guardameta jugará con el Pirata el próximo torneo de transición hasta junio y el último certamen de 30 equipos que se dará de agosto de 2016 hasta junio de 2017.

Pero más allá de la buena noticia que significó para los hinchas celestes que “el Juanca” se quede, el “1” se transformará en uno de los futbolistas más veteranos en la competencia de élite de nuestro fútbol.

Olave es sinónimo de Belgrano en cualquier cancha y para cualquier amante del fútbol. Él es Pirata y cordobés como decía su primo Rodrigo (el fallecido cantante de cuarteto), porque por sus venas marcha la sangre celeste que lo ha hecho ser referente adentro y afuera del rectángulo de césped.

El 21 de febrero el arquero que estará en plena competencia soplará 40 velas para sumarle un logro más a su carrera. Atrás quedará su debut en el círculo mayor y con la camiseta del Celeste el 19 de agosto de 2001, cuando Carlos Ramacciotti le tiró el buzo titular para ir a jugar a la cancha de Boca ante un equipo que venía de ser campeón del Mundo frente al Real Madrid en Japón.

Así arrancó su idolatría

Aquella pretemporada de principios de siglo en Villa Carlos Paz, apuntaba a que Gonzalo Vicente se transformara en el arquero titular del Celeste. Olave había llegado en 2000 de la mano de Gregorio Ledesma, presidente del club.

Pero Vicente, con muchos problemas contractuales y muy complicado a la hora de hablar de su nuevo vínculo con la entidad de Alberdi, se ausentó de algunos ensayos previos al inicio del certamen y su actitud, sin saberlo, fue clave para el amor Belgrano-Olave que jamás se rompió.

"Tengo el mejor recuerdo. Fue mi debut, un momento crucial para mi carrera. Era la primera vez que me ponía la camiseta de Belgrano de manera oficial, que era un sueño".

“Tarzán”, como le dicen algunos, venía de estar casi un año buscando un lugar que no lograba y sólo había jugado un par de partidos en reserva, no metía ni partidos entre los suplentes y en las dos promociones con Quilmes para no descender (0-1 en Buenos Aires y 1 a 0 en Córdoba con el recordado gol de Mugnaini) quedó a un paso de jugar, porque en el partido de ida fue como 17 (en aquellos años los suplentes eran cinco) y en la revancha lo vio desde la tribuna.

Pero el debut se iba a dar y todo lo que había soñado y por lo que luchó desde que llegó al fútbol se hizo realidad: “Tengo el mejor recuerdo. Fue mi debut, un momento crucial para mi carrera. Era la primera vez que me ponía la camiseta de Belgrano de manera oficial, que era un sueño. Y terminó con un triunfo contra un Boca que venía de ser campeón del mundo, bien merecido, con un equipo que no tenía ningún jugador de nombre y redondeamos una tarea y un campeonato muy buenos” dijo Juan Carlos sobre aquella tarde en la Bombonera donde el 3 a 1 fue el inicio de algo que jamás se romperá.

Los contrastes en el Pirata

Pero lo que era un gran año para el arquero, fue el peor momento institucional para el Celeste, pues la quiebra sacudió al club y en septiembre de ese año la entidad quedó en manos de un fideicomiso.

Aquella Navidad de 2001, tras la crisis general del país que derivaría en la caída del presidente De la Rua, los jugadores marcharon hacia su hogar con algunas monedas en sus bolsillos y la crisis interna cada vez golpeó con mayor firmeza en el futuro inmediato de la entidad. Los resultados no se dieron, los técnicos elegidos no fueron los mejores y después de penar durante todo el 2002 perdió la categoría dos partidos antes del final del torneo.

Tomás Cuellar, DT del Celeste en aquellos días de 2002, sentenció: “Llegó el triste momento del descenso. Esto no es consecuencia de una mala campaña, sino de 10 años de pésimas dirigencias. Mis muchachos dejaron todo dentro y fuera de la cancha. Los verdaderos responsables no pusieron la cara”.

Y Olave se fue del estadio Tatengue envuelto en lágrimas tras el 0-1 y el descenso consumado. Su casaca blanca, que portaba el rostro de su fallecido primo Rodrigo, estuvo empapada del sudor de un tipo que sufrió la derrota como profesional, pero más en lo emocional, porque es un jugador-hincha.

En junio de ese año se fue a Gimnasia, su pase sirvió para que una suma cercana a los 200 mil dólares se utilizara para pagar los sueldos de sus colegas. De allí pasó al Murcia, regresó para estar un tiempo en River y no jugó ni un minuto.

La vuelta a casa

En 2006 volvió al lugar en el que le gusta estar, en Córdoba y en Belgrano. Lo hizo para no irse nunca más y fue consiguiendo cosas una tras otra para ser hoy el jugador con mayor cantidad de presencias de la historia del Pirata en AFA, logró el ascenso en la cancha de River, y alcanzó ahora la tercera clasificación a la Sudamericana.

¿Pero hasta cuando jugará Olave? Y así le contestó una vez a El Gráfico: “Pienso atajar hasta que Dios lo disponga. Y espero que Dios me dé la claridad para saber dar el paso al costado en el momento justo. Me gustaría jugar todo lo que pueda, siempre manteniendo un buen nivel, sin dar lástima. En realidad, estoy tratando de recuperar el tiempo perdido, porque en el fútbol argentino debuté en la A a los 25 años”.

"Quiso la fortuna que fuese River en el Monumental, como para que su nombre quede en la historia de este deporte".

Dios quiso darle presente y futuro en el club de su pasión, en ese que dejar todo cuesta menos, porque vive cada juego como si estuviera en la popular.

Jugó tres promociones para llevar a Belgrano a Primera y no tuvo fortuna en las dos primeras, pero como dice el refrán “la tercera es la vencida” y quiso la fortuna que fuese River en el Monumental, como para que su nombre quede en la historia de este deporte.

No se le dio ante Racing ni con Central, pero llegó el momento de enfrentar al “Millo” y si aquella tarde del 26 de junio de 2011 se fue del estadio llorando, no eran el mismo sabor que las lágrimas del 2002. Sergio Pezzotta lo dirigió el día del descenso en Santa Fe y lo vio volver en la cancha de River que ardió por la impotencia de los más y ante el placer de los menos.

Y fue en 2011 cuando lo que el arquero vino a buscar se hizo realidad. “Había vuelto para esto”, sostenía y lo consiguió haciéndose héroe, porque en el Monumental tuvo la fortuna de adivinar el remate de Pavone y contenerle el penal.

Nunca fue un atajador de penales y aquella tarde se le dio, como si su fe hubiese hecho escribir en su futuro esta página, para que quedase marcada para siempre: “Fue un mazazo para ellos, se notó en los jugadores y en la gente... se escuchaba el silencio”.

Hoy es el jugador símbolo del plantel, el “mayor”, el que es un DT dentro de la cancha y el que todos respetan. Jugará con la camiseta celeste hasta los 41, pero la llevara en el alma toda la vida.

Porque “muy duro es aguantar, mas quien aguanta es el que existe”.