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Olave merece la ovación de los propios y el respeto de los ajenos

Ese grandote sanguíneo, pasional y bravucón que se despide del Pirata es un tipo auténtico, de convicciones firmes y también, como todos, de contradicciones.

18 de diciembre de 2016 a las 08:59 a. m.
Olave merece la ovación de los propios y el respeto de los ajenos
El otro Olave. “Juanca” y Klusener, tanto cuando jugaba en Quilmes o en Talleres, ayudaron a tomar conciencia de la fibrosis quística. (Foto: Sergio Cejas)

En la cancha, son muchos los que ven en Juan Carlos Olave al líder, a ese hincha que se juega el físico en cada achique, al arquero del Belgrano de todos los tiempos y, por cierto, a uno de los jugadores más regulares que tuvo el fútbol argentino en los últimos 10 años (cuesta encontrar a alguien con más continuidad en buen nivel durante tanto tiempo).

Otros, no pocos, lo discuten por algunas reacciones propias de su temperamento o critican que no le haya dejado el lugar antes a alguno de los promisorios arqueros que la "B" foguea en su cantera.

Pero eso sí: entre los que lo idolatran y los que lo defenestran, son poquísimos los que realmente saben de qué "madera" estamos hablando. Un día me llamó Olave para ver qué movida se podía armar para darles una mano a los pibes de la selección argentina de fútbol para sordos, que no tenían plata para viajar al Mundial. En otra ocasión, me habló para sumarme a las voces que pedían que los chicos discapacitados siguieran compartiendo el aula y los aprendizajes con sus compañeros de siempre, en cualquier escuela. Y lo mismo pasó otras veces, con diferentes causas.

Olave se cansó de firmar camisetas de Belgrano y de Gimnasia; pero también unas cuantas de Talleres y Estudiantes. Yo lo vi. También lo vi buscar y llevar a las prácticas todos los días, durante años, a un anciano exdirigente: “Pololo” Herrero. Lo vi en hospitales, llevando juguetes a chicos con cáncer, y acompañando a la familia Oviedo, fanática de la “T”, en ese proceso que permitió convertir el dolor y la enfermedad en una lucha para salvar vidas. Lo vi sacando “chapa” por otros y también ayudar en el más absoluto anonimato.

Lo cuento ahora, justo antes de que juegue su último partido para Belgrano, porque es justo que se sepa que ese grandote sanguíneo, pasional y bravucón que se despide del Pirata es un tipo auténtico, de convicciones firmes y, como todos, también de contradicciones; que se va sin trofeos pero con el título más importante de todos: el de los grandes, al que sólo acceden los que saben que una cosa es la fama y otra la trascendencia.

En un mundo repleto de gente que se dobla ante la adversidad o la conveniencia, en el que muchos intentan pasar inadvertidos y otros sueñan con el éxito para quitarse compromisos de encima, “el Vikingo” hizo propias causas ajenas y no se retira: con toda seguridad se la seguirá jugando por aquellos que la sociedad tiene invisibilizados.

"Juanca” tiene garantizada la ovación de los propios esta tarde, pero sería muy justo que también se lleve el respeto de los ajenos.