Ni poco ni demasiado, "Carlitos"; lo justo
La pelota en el medio, dividida, con destino de posesión inmediata. De un lado, Carlos Tevez, 31 años, varias veces campeón en media docena de equipos, de mil partidos y otras tantas guerras. Del otro, Ezequiel Ham, 21 años, bisoño mediocampista de Argentinos Juniors, de buen despliegue y recursos técnicos, de mucho entusiasmo y futuro, y de escasa experiencia.
Los dos van a disputar ese balón que a gritos pedía dueño. Llegan ambos como locomotoras al destino. Y crac, el choque se produce. El pibe se remueve en el piso y se desgañita por un dolor insoportable. Carlitos sigue la jugada como si nada y cuando le avisan de lo sucedido, hace una cara como diciendo: "¿Qué pasó?".
Todas las batallas de Fuerte Apache se resumieron en esa pierna de Tevez que se deslizó casi recta para adelante y que la métrica de la supervivencia la hizo mover apenas hacia arriba y con el botín en forma de plancha cuando estuvo a milímetros del contacto. Ese gesto, visto cientos de veces cada fin de semana en duelos de barra contra barra, en partidos entre “amigos”, en campeonatos de todo tipo, es una forma de protececión ante la rispidez casi sin normas y con la autoridad del árbitro permanentemente desafiada en ese tipo de confrontaciones.
Es muy difícil que un futbolista con algunos años de experiencia vaya a disputar de manera frontal una pelota con la cara interna de su pie, el modo más leal y honesto pero a la vez el más temerario y traumático. ¿El resultado del encontronazo? Previsible. El candor de los 21 años de Ham quedó tirado en el suelo, rodeado de sus compañeros, ayudado por sus asistentes, llorado por sus familiares en las tribunas y llevado en ambulancia al hospital en donde fue operado.
Cada quien sabe cómo actúa al enfrentar esa circunstancia. La explicación sobre el proceder de Tevez es sólo una contextualización sobre un hecho frecuente y universal, que refiere al mecanismo casi inconsciente de autoprotección de cada jugador, que sabe a su vez del daño que puede causar. Y que por eso es punible y criticable.
Los movimientos paquidérmicos y la mentalidad de dinosaurio que impera en la AFA sólo dejaron como rastro la ratificación de que no actuará de oficio y que Carlos Tevez podrá jugar mañana en Córdoba ante Defensa y Justicia por la Copa Argentina. Ni siquiera se tomará el trabajo de apoyarse en la precisión de la tecnología para evaluar lo que el árbitro, Luis Álvarez, no vio o no dimensionó: el comportamiento de un futbolista que marginó de la competencia a un colega, por cuya evolución sólo podrán responder una acertada intervención quirúrgica y la juventud y la fuerza de voluntad del propio damnificado.
La decisión de la AFA de marginar a Álvarez en la próxima fecha encierra la contradicción de acreditar el error arbitral y a la vez de aceptar la gravedad del hecho. ¿Es que acaso el fútbol, ermitaño por conveniencia, nunca admitirá la necesaria expansión visual que todo deporte debe tener para hacerse más justo y equitativo? ¿O el rugby o el tenis no se apoyan en la televisión o en otros recursos tecnológicos para transparentar el juego?
Mientras tanto, “Carlitos”, el hombre que se hizo a sí mismo, a estas horas y a puro pellizco está tomando conciencia de su contextura carnal, al verse cuestionado como cualquier ser viviente por su equivocación. Sus buenas relaciones con los candidatos presidenciales, su llegada profética a Formosa, la percepción idílica de su vida han sido colocadas cuidadosamente a un costado del pedestal, que hasta no hace mucho tiempo lo tenía y lo sigue teniendo como prócer popular e inmaculado.

