Mou, el incorregible
Mundo D te presenta las columnas de "Nacho" Malondón, el columnista más acido, pesimista y agudo del periodismo cordobés. Hoy: el tema es el DT del Real Madrid.
En la película "Los sospechosos de siempre", hay una frase ya célebre: el mayor éxito del diablo consiste en hacerle creer al mundo que no existía. Parafraseando, podría decir: el mayor éxito de Mourinho es hacerle creer al mundo que es un buen director técnico.
Así como hay gente que afirma con sinceridad y sin tentarse que Elisa Carrió puede ser presidente, el mismo principio de ingenuidad debe funcionar para que el mundo del fútbol considere que este hijo de un arquero es algo más que un buen RR.PP. de sí mismo, un fundamentalista de su propia y explosiva personalidad.
Sin duda el hombre sabe hacerse valer. Roman Abrámovich en el Chelsea y Florentino Pérez en este Real Madrid sucumbieron a su verba florida y salieron a comprarle todo lo que su arrogancia requería. Quizás ni uno no otro entendieron nunca que quería decir el portugués.
Es que la única revolución de Mourinho, el único aporte al mundo del fútbol son una serie inconexas de apreciaciones que pretenden reinventar lo archisabido. Como un chef que nombra en su carta al locro como "Mezclum de orgánicos en suspiros de calabazas, con astillas de res y asteriscos de porcino", para Mourinho un pase al vacío es una "transferencia vertical", una pared es "fase de conexión entre interpósitas personas" y quizás un tiro al arco se convierta en "viaje hacia la gloria con mediación de botín".
El fútbol, el juego en sí mismo, siempre pasa a segundo plano cuando campea Mourinho. No puede hablar de la belleza de sus equipos, entonces habla de algo que le parece más importante: él mismo.
Porque convengamos: su Chelsea era Terry jugando de Catalino Rivarola y la tranquera abierta para Drogba. Su Inter se basaba en raspar a cuanto ser humano se acercara al arco y arriba contaba con Diego Milito, único caso conocido de evolución desde un cánido hacia un delantero.
Del Porto mejor no hablar; recordar que le ganó la Copa de Europa al Mónaco del "Negro" Ibarra me exime de mayores comentarios.
Un tipo particularJosé Mourinho, sin dudas, es un tipo particular. Desde su escasa estatura como hombre, dicho esto en el peor y más peyorativo de los sentidos, anda por la vida soltando verdades como escupitajos, imponiendo su credo a los infieles y dando lecciones a quienes no las necesitan.
El detalle es que un tipo que edifica su razón de ser en el expediente único de la victoria, debe ganar siempre. No hay procesos a rescatar, no existe la mirada sobre lo que podía haber sucedido, no se encuentra una épica que lo rescate del oprobio.
Mourinho divide el mundo entre ganadores o perdedores.
Y él acaba de sufrir la peor y más humillante de las derrotas. En 390 minutos de fútbol, su equipo, el poderoso Real Madrid, logró dominar a su adversario legendario, el Barcelona de Guardiola, en escasos 30 minutos. Solo en algunos pasajes dela Final de la Copa del Rey pudo el Madrid ejercer alguna supremacía sobre el atildado juego del equipo catalán.
Demasiado poco para alguien que cuenta con algunos de los mejores jugadores del mundo en su plantel, y otros como Pepe y Marcelo, refractarios a ese objeto esférico como a una chinche en la córnea.
Habiendo llevado la serie hasta la crispación que mejor maneja, utilizando algunas artimañas dignas de la prosapia del mejor Zubeldía (el pasto alto del Bernabeu para que la pelota no le corra al Barcelona es de un patetismo inusual en la pulcra Europa), manejando un presupuesto similar al PBI de un país sudamericano, contando como propagandistas a algunos de los diarios mas importantes de España, finalmente Mourinho se despide de la serie europea con mucha pena y nada de gloria. Habrá que estar atentos a sus próximas declaraciones que, seguramente, inaugurarán un nuevo capítulo de soberbia, falta de autocrítica e histrionismo lacrimógeno.
Porque Mourinho es incorregible. Aunque dando vuelta la ecuación borgeana sobre el peronismo, permítaseme decir: hay incorregibles que no son ni buenos ni malos: son pésimos.

