Menos el picante, todo sabe igual
Cuando han pasado más de cuatro días de los incidentes en el superclásico por la Copa Libertadores de América, recién este martes se supo algo de Adrián "Panadero" Napolitano, ejecutor de la agresión con gas pimienta casero a los jugadores de River Plate. En ese lapso han pasado muchas cosas, entre ellas una conferencia exculpatoria de Daniel Angelici y Rodolfo Arruabarrena, las gestiones de Boca Juniors para evitar castigos severos, la sanción licuada de la Confederación Sudamericana de Fútbol y el siga-siga de la misma Conmebol, que mece la cuna de un espectáculo que no debe parar a causa de billetes, calendarios, intereses deportivos y varios condicionantes más.
Napolitano, radiografiado por varias cámaras de seguridad en La Bombonera, podría decirse que es hoy el hombre más buscado del país, luego de su corrosivo atentado. Curiosa manera de agredir la suya, inédita en el país y quizá en el mundo, allanada por el disfrute de una tribuna sin control, amparada por la incredulidad y la protección de muchos hinchas cómplices, sostenida por el complejo entramado que fortalece sus bíceps en la política partidaria, gremial y en la delincuencia común.
Ya no se muerde la lengua Angelici para no decir que ese raro mejunje, inhabitual en la oferta gastronómica de los estadios, es lo suficientemente cáustico como para traspasar su propio estómago y generar un inocultable malestar y perjuicio en sus amistades políticas, más allá del fútbol.
Noblega obliga, el mandatario, antes que nada, sabe que debe cuidar los intereses de su territorio y el de todos sus habitantes, tal como deben hacerlo sus otros pares, que caminan entre sacrificados laburantes y entre otros que desde hace muchos años laburan de hinchas a cambio de dinero en efectivo para ellos y para su tropa, de pomposas banderas que copan toda una popular, de zonas liberadas para diversos negocios y de varios kioscos más.
El llamativo suceso del jueves a la noche es otro ejemplo de la infinita gama de cosas insólitas que ofrece el fútbol en Argentina y a la que peligrosamente, casi sin ningún tipo de sublevación o mínima oposición, nos hemos acostumbrado. Se entiende entonces que el presidente de la AFA, Luis Segura, no haya convocado para estos días o en el receso por la Copa América a una reunión para tratar con sus pares el inacabable espiral de violencia, o que el titular de Futbolistas Argentinos Agremiados, Sergio Marchi, no haya citado al menos a parte de sus afiliados a evaluar la seguridad en los campos de juego, aunque más no sea a modo de homenaje al fallecido Emanuel Ortega.
El jueves 14 de junio, Día del Futbolista, pareció tomar forma el gesto más negativo del jugador, ventajero y calculador, acusador en algunos casos compulsivo, histérico con demasiadas histerias para ser disfrutado como un simple y delicioso juego.
Es de lamentar, pero todo conduce a las palabras que a este diario formuló Armando Pérez a propósito de la oscura noche xeneize. Aquel asalto en junio de 2011 al campo de juego del Gigante de Alberdi y la posterior invasión cuatro días después al vestuario de Sergio Pezzotta, en ocasión del descenso de River Plate, abrieron como linternas los ojos asombrados de un público que vio terminar con esos episodios la era de la irracionalidad y el comienzo de las acciones para enfrentarla.
Nada de eso sucedió. Consumado aquel histórico descenso, muchos hinchas de River pisotearon aún más su orgullo herido, rompiendo las propias instalaciones del Monumental de Núñez. La respuesta de la AFA no tardó en llegar. Mediante un generoso préstamo, Julio Grondona, lejos de castigar, y en nombre de la Casa del Fútbol, se hizo cargo de las obras de refacción.
La Conmebol, a propósito de la sanción a Boca Juniors, impuso una pena de 200 mil dólares y cuatro fechas de local y cuatro de visitante para que sus hinchas no puedan asistir a partidos en torneos continentales. Almas generosas si las hay, algún bienaventurado atenuará la redención boquense con un aporte (si así lo solicitan) que ayude a secar las lágrimas de cocodrilo. Todo puede suceder en el insólito mundo del fútbol. Tanto, como que nadie reclamó la devolución del valor de la entrada por una estafa demasiado picante para cualquier bolsillo argentino.