Los que se hicieron cargo en Instituto
La temporada, que por ser la del centenario obligaba al equipo a lograr como fuera el ascenso, iba por mal camino. Pero en el peor momento aparecieron los gritos de rebeldía.
No es fácil el mundo Instituto ni lo será mucho menos después de 12 años en los que la política de ascenso cae ante las primeras derrotas serias y el equipo termina convertido en un mix de jugadores propios –algunos debutantes– y foráneos (no más de uno o dos superan la prueba de calidad) que solamente ansían el final de la temporada para cambiar de aires, mayoritariamente.
La temporada, que por ser la del centenario directamente obligaba al equipo a lograr como fuera el ascenso, iba camino a ser más de lo mismo. O en todo caso, menos de tan poco.
Sin embargo, en el peor momento, comenzó una reacción individual. De esos gritos de rebeldía que deben darse en la intimidad del vestuario y contra la resignación que amenaza con convertirse en realidad cuando nada sale.
Algo muy frecuente en estos años en Instituto, como ya se ha visto.
Sin embargo, la rebelión contra ese destino no es para cualquiera. Es para los que saben levantarse y cómo contagiar al resto. Son los más aptos, los tipos que consiguieron el prestigio desde la nada misma, los que pueden y deben hacerse cargo en este tipo de coyunturas. En la buena, es más fácil sumar la impronta de cada uno.
Javier Mendoza fue el primero en dar el grito. Fue la voz del que había llegado para hacer la diferencia. Lo que no sabía era en qué condición.
Pero no le importó, ya que metió las manos al bolsillo para sacar su disponibilidad total. Favorecido o no por la táctica de Franco e independiente de los momentos de cada compañero.
Y ya no quedó tan solo: también reaccionó Víctor López. Porque él tampoco vino a Instituto para permanecer y transcurrir hasta el final de una rica carrera sino para hacer historia. Porque a sus palabras jamás se las llevó el viento, como pudo pasar con Ezequiel Videla, fuera del club antes de tiempo y por la puerta de atrás increíblemente.
Instituto necesitaba de “Vitrola”, como de Lucas Hoyos, que ya sabe cómo es jugar en Instituto. Desde sus lugares, ambos jugadores sumaron más aciertos que errores. Y el mensaje se hizo extensivo para los jugadores propios. Los que están en el 11 titular y los que tienen que fabricarse una oportunidad. Fue el caso de Facundo Castelli, quien también terminó gravitando. Que no son las mejores condiciones está claro, pero esa bandera también fue levantada por Silvio Romero o Ramón Ábila en su momento.
Como fuera, la reacción es buena, pero deben sumarse más gritos de rebeldía para que surja el equipo, el único puente para que Instituto renazca a la ilusión de volver a Primera. Un puñado de jugadores se hizo cargo de evitar que el sueño terminara rápido. Faltan otras firmas para sostenerlo. Así debe entenderse.

