La hinchada de Instituto, del sufrimiento al desahogo
Vaivenes en rojo y blanco. Del sufrimiento al desahogo fue la autopista emocional que transitó la hinchada de Instituto en Alta Córdoba.
La nueva edición del clásico cordobés más jugado en torneos de AFA (51 partidos) llegó con una sobrecarga de ansiedades, expectativas, ilusiones y angustias. Por eso se vivió de manera tan intensa desde la semana previa, por eso el Gigante de Alta Córdoba se llenó con 22 mil hinchas albirrojos.
Había demasiado en juego, en realidad era un dramático juego de opuestos: las urgencias de Talleres peleando en el fondo de la tabla por no despeñarse una vez más hacia el Argentino A y la necesidad de puntos de Instituto para mantenerse en zona de ascenso.Las presencias de fantasmitas en las tribunas con las letras "A-A" (la variedad espectral que corresponde a los equipos del interior que militan en la Primera B Nacional) aparecían bajo la figura de la broma cruel para recordarles a los jugadores de Talleres por lo que están jugando, como si no lo supieran.Pero como el fútbol tiene esos caprichos de niño malcriado que lo tornan extremadamente impredecible, todo el folklore previo de "gastada" y el recibimiento triunfal del equipo albirrojo se fueron diluyendo en la medida en que el juego avanzó e Instituto comenzó a lucir empantanado, como si la sobrecarga de estados de ánimo del partido hubiera pesado más sobre sus espaldas.
El aliento inicial se fue apagando y se empezaron a encender las voces de fastidio por las pelotas perdidas o los pases mal dados. La pelota que Juan Martín tiró de emboquillada por sobre el arquero Santillo, rompió por un momento el fastidio y el aliento volvió a bajar de las tribunas, pero fue solo un momento. Todavía faltaría el peor momento: el gol de tiro libre del "Indio" Barrionuevo marcó el peor momento del hincha de Instituto.
Para colmo miembros del Fondo de Inversión albiazul festejaron ruidosamente la conquista desde el recinto vidriado desde el cual veían el partido como si fueran especímenes extraplanetarios. Esos 20 minutos que pasaron hasta el empate de la Gloria fueron una verdadera tortura para los albirrojos."Parecen entregados", murmuraba un hincha, mientras otros pedían que uno u otro jugador se lesionara "para que no juegue más" y otros insultaban a voz en cuello a los que daban mal un pase, perdían una pelota dividida o se dejaban anticipar (a esa altura del partido el abanico era amplísimo).
Pero llegó el gol de Martín y los estados de ánimo giraron de modo ciclotímico. Se terminaron los insultos y el fastidio. El estadio se llenó de cantos y gritos de aliento, impulsando hacia una victoria que finalmente no se dio. El empate no conformó a los hinchas, pero les alcanzó para despedir a los "especímenes" de la pecera con las dos manos, con el coro de "chau Talleres" de fondo.
El empate tuvo sabor a poco para un partido con tanto en disputa, pero a veces tanta carga para un encuentro se convierte en un lastre para el espectáculo.