Juntos es mucho mejor
Negros y blancos alentaron juntos ayer a Sudáfrica en Pretoria. La utopía que soñó Mandela es cada vez más real. Por Federico Giammaría, enviado especial.
Pretoria. Quince años atrás, Sudáfrica vivía un momento iniciático crucial para su reconstrucción. El deporte lo hacía posible. El 24 de junio de 1995, los Sprinkboks conquistaban el título mundial de rugby en su tierra, frente a blancos y negros. Nelson Mandela, el por entonces presidente de la nación, apostó todo a un sentimiento: el de comunidad, y puso sus fichas en un estadio, el Ellis Park.Aquel fue el hito que marcó un antes y un después en Sudáfrica. Por primera vez, las diferencias raciales se dejaban de lado y la gente se unió en un grito único: campeones del mundo. Hoy, el país ha cambiado y está preparado para demostrarle al mundo que aquello que nació con "Madiba", la copa Web Ellis y el capitán de los "Boks", François Pienaar, se ha consolidado.
Hoy es el turno del fútbol, el deporte que juegan los negros. O mejor dicho, que jugaban. Por estas horas, lo juega un país. "Sentimos lo mismo", le decía ayer, en el Attredgeville Stadium, Craig Ehlersa a Mundo D. "Somos fanáticos de nuestra selección de fútbol. Siempre habrá una minoría que no puede compartir con la gente negra. Pero hoy vivimos juntos sin problemas", agregaba el pibe, rubio hasta las muelas.
A su espalda, negros y blancos hacían cola para comprar cerveza. Soplaban las vuvuzelas (trompeta plástica), reían y tomaban al rayo del sol.
En las afueras de Pretoria, donde la selección sudafricana venció 1 a 0 a Dinamarca, teníamos una buena muestra de lo que significa el fútbol aquí y ahora. “Vinimos desde Johannesburgo a ver a los ‘Bafana’. Alentamos a nuestra selección. Todos sentimos lo mismo”, acordaba Cath Nallis, de pelo negro, piel blanquísima y ojos celestes. Con su remera amarilla y su bandera sudafricana, arengaba. Sin parar.
“Hay buena onda”. Lo describía Lebogarg, un morenito de la escuela Saint John’s College, de Houghton. Él y sus compañeros (eran más de 40 alumnos) estaban sentados, todos, en la tribuna principal gritando por su selección. “Blancos y negros, juntos”, explicaba.
Horas después, también ayer, por la tele dieron a los Sprinkboks 2010. Enfrentaban, en un amistoso internacional, a Gales. En el centro de Pretoria, algunos bares no daban abasto atendiendo a chicos blancos, fornidos, con cuerpo de rugbiers. Por la calle, pasaban los autos que volvían del amistoso de los "Bafana Bafana". Los intercambios eran graciosos. De un lado, los morenos con las vuvuzelas apuntaban a los blancos, quienes se reían y les indicaban que ellos miraban la tele.
Sólo un gesto, que probablemente no componga la totalidad de una realidad más compleja, profunda e histórica de Sudáfrica. Pero que, al menos a los ojos de los recién llegados, se abría como en un cuadro de apacible convivencia.
Hablamos de un país en el que el 80 por ciento de la población es negra y que sufrió, durante años, la segregación racial (apartheid) de parte de los blancos. Un país que tuvo un líder, Mandela, que supo perdonar a sus opresores y gracias a su coraje y determinación, en vez de alentar una guerra civil, llevó a sus compatriotas a festejar juntos el título mundial de rugby en 1995.
Por eso, si lo pudo el rugby, ¿por qué no podrá el fútbol, con su fascinación irresistible, consolidar aquel espíritu de unión? Ashleigh, una rubia casi transporte, y Nox, un negro increíble, parecían decir que así será. Ambos estuvieron ayer en la tribuna del Attredgeville. Juntos.

