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Instituto, el equipo de los extremos

19 de septiembre de 2016 a las 12:09 a. m.
Instituto, el equipo de los extremos
(Foto: Pedro Castillo)

La salida es toda una asamblea, llena de diálogos, salpicada de algunas protestas y de unas cuantas críticas. El andar por Jujuy o Calderón de la Barca, o Sucre, es lento, algo inseguro, como queriendo evitar el destino final que, paradójicamente, podría llevarlo a pensar en otra cosa. A sacarle el malestar del momento. El hincha de Instituto hace ocho fines de semana que tiene las mismas sensaciones en ese odioso y cada vez más burocrático regreso a casa. Las sintió en aquella prolongada oscuridad del campeonato anterior, traducida en números negativos y en un fútbol inexistente, que se llevó puesta a casi toda una camada de pibes generados por el club.

Y las experimentó en las dos primeras fechas del actual torneo, convocado por las imágenes televisivas, las buenas actuaciones y los puntos sumados ante Chacarita Juniors y Crucero del Norte. Lejos de aquellas emociones de living, el asiento duro de la tribuna se transformó en un sostén insoportable en los encuentros en los que la Gloria”dejó cinco puntos en el camino en el estadio Monumental de Alta Córdoba. Sucedió ante San Martín de Tucumán, un buen equipo, que como ha ocurrido casi siempre con los visitantes en los últimos tiempos zozobró un par de veces en el comienzo, pero terminó controlando la pelota y marcando el ritmo del juego. Y así como los tucumanos, también los últimos huéspedes, a priori bastante accesibles, en la figura de Estudiantes de San Luis.

No se pueden comparar épocas. El Instituto del certamen anterior deambulaba por la cancha sin norte ni jerarquía, lleno de juveniles que dejaron escapar su gran oportunidad deportiva, matizado por algunos experimentados que debieron irse por lo mal que jugaron. Este Instituto, el de Iván Delfino, tiene más oficio y un objetivo superior, obligado precisamente por los pasos en falso del reciente pasado.

Llama la atención de este equipo su transformación repentina, su cambio de protagonismo. De ser un conjunto uniforme, decidido, listo para el anticipo y dispuesto para el ataque pasa a ser una formación subalterna, generadora de dudas en todas sus líneas, sufriente particularmente en la que defiende su irregular arquero, tan irregular como todos sus compañeros.

Esos extremos se expresaron en aquella tarde llena de lluvia en San Martín, ante Chacarita Juniors, ideal para la prepotencia de la furia, en la que el entusiasmo y un pasado reluciente del local fue contrarrestado por la impecable postura de un equipo que, lejos de dejarse arrollar, puso los límites de entrada y recién sobre el final padeció el gol del empate.

Muy distinta fue esa imagen de las de los dos segundos tiempos en Alta Córdoba. Ya no se proyectaba con ambición Luis Castillo ni demostraban seguridad Agüero y González, ni todo su medio campo ganaba las pelotas divididas y volcaba la mayor parte de la acción cerca del arco adversario. Ese equipo, el otro Instituto, en el desorden, pareció clamar por un eje, un armonioso ordenador, un jugador que volviera a conectar a todo el equipo simplemente a través del toque y el control del balón.

Podría ser parte de la solución Paulo Rosales, si mantiene su calidad técnica y su visión de juego. Su inserción tanto sería un beneficio para el equipo como para Diego Jara, un feroz goleador, cuyas enormes capacidades podrían ser explotadas aún más por alguna mente lúcida.

El otro cambio debería ser general, del equipo, que tienda a preservar la regularidad por encima de cualquier rival o escenario. Esa condición, la estabilidad, es indispensable para proyectar campañas tranquilizadoras. Instituto, en proceso de reconstrucción en sus distintas áreas, necesita de esas características para sostener su futuro. Sin habituarse tanto a los triunfos impensados ni a las derrotas poco menos que increíbles.

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