Hora de jugar y de cuidar el clásico Belgrano - Talleres
El Belgrano-Talleres será noticia en el mundo. Pero no porque se trate de la prueba más exigente para ambos equipos y sus tácticas, y tampoco por sus protagonistas antes del inicio de la temporada, sino por una nueva salida a escena de un partido que ya casi no se ve en el fútbol argentino.
No importan exclusivamente los cuadros y los objetivos que se han trazado, sino también el marco que debe conservar este juego.
Es el clásico que se juega con ambas hinchadas y que recupera la plenitud de un partido histórico, que desde hace muchos años no fue posible jugarlo por los puntos porque la AFA entendió equivocadamente que, sin visitantes, el fútbol ya no tendría tantos muertos por enfrentamientos entre las hinchadas. En realidad, esa restricción los liberó de poner plata para los viajes de sus hinchas, pero disparó la interna de las barras al achicarse el reparto de dádivas.
Como fuera, y con la lógica excepción del caso Emanuel Balbo (ocurrido justamente en un partido solamente apto para público celeste), el clásico Belgrano-Talleres sin restricciones es un partido para demostrar a propios y a extraños que sigue siendo posible.
Que la gente, más allá de la dificultad para acceder al estadio Mario Alberto Kempes (hoy aún más ya que a su alrededor hay un gigantesco obrador debido al cierre de la avenida de Circunvalación) y de los precios, puede pensar en disfrutar de su condición de hincha. Que puede gozar del triunfo de su divisa, de la misma manera que puede bancarse la derrota con la misma determinación. Que la emoción de uno permita la del otro. Nada más ni nada menos.

La gente sabe y debe cuidar este clásico. De la misma manera que a los protagonistas les cabe una responsabilidad similar. No provocar al rival ni a los hinchas, evitar simulaciones y no dificultar la tarea del juez y de sus colaboradores al cuestionar cada decisión podrían ser un comienzo de un cambio. Hay que estar en la cancha para saber qué se siente y los porqués de algunas reacciones, pero también es cierto que la responsabilidad del protagonista, sobre todo del jugador, no es solamente personal, sino colectiva, porque también representa a una institución. Deben ser conscientes de que la gente legitima la mayoría de los comportamientos de los protagonistas. Porque se siente representada.
La suma de los reclamos de los jugadores y entrenadores iguala la cantidad de decisiones que toma un juez por partido. Y son casi 800.
Los mismos organismos de seguridad también tienen sus deberes. Prevenir antes que reprimir es el orden de los factores que debe seguir prevaleciendo. Si se altera, es fácil que el sistema empiece a fisurarse. Y la gracia es que sea impenetrable. Cada habitante de los clásicos sabe cómo contribuir a su permanencia.
Siempre será noticia que un partido con 57 mil personas o más, y con ambas parcialidades, puede vivirse en paz.
Ahí, cuando ganan todos y ninguno pierde, Córdoba crece. En realidad, revive una cultura deportiva. Así debe ser.

