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Hatfield, un barrio que sólo espera el Mundial

La selección argentina vive en un sitio que ocupan universitarios, pero que por estos días no estàn ya que el gobierno dio seis semanas de vacaciones. Así, el lugar es más argentino que sudafricano, lleno de periodistas y de hinchas.

08 de junio de 2010 a las 12:14 a. m.
Federico Giammaria (Enviado especial a Sudáfrica)
Hatfield, un barrio que sólo espera el Mundial

No hay revolución en Pretoria. No podría haberla si el barrio adonde se ha instalado la selección argentina (la de Maradona y de Messi) está vacío. Hatfield, tal es el nombre del sitio elegido, es una pequeña "ciudad" universitaria que le ha dado vacaciones (por seis semanas) a los casi 40 mil estudiantes que allí se alojan para que pueden vivir el Mundial.

Argentina ha invadido el barrio. Con la selección en el Centro de Alto Rendimiento de Pretoria (HPC), con los periodistas (parados desde las 8 de la mañana frente a la entrada) y con los hinchas, que cada vez son más ahora esa es tierra celeste y blanca.

Para Christy Ann Jacob y para Vidya Gokar, que rinden por estos días sus últimos exámenes, la experiencia es fascinante. Ayer, ambas se sentaron a unos 20 metros del enjambre mediático, bajo un jacarandá, y se dedicaron a observar a los argentinos.

En realidad mucho no entendían. "Vinimos a ver qué pasaba. Aquí hacemos ejercicio. Pero ahora está todo custodiado", decía Vidya, oriunda de Durban, al sur del país.

Todo en Hatfield es de los estudiantes. Hasta el vacío que dejaron por estos días. Poca gente ocupa el barrio que rodean al HPC, tapado de rejas, alambrado con cercas electrificadas. "Son casas que comparten los estudiantes. Alquilan entre varios y pasan el año acá", explicaba Christy, ella sí nacida en Pretoria.

Nada más tranquilo que Hatfield. Ni el gaucho de Argentina (cada día, con bombacha, camisa y chaleco diferente), ni los cordobeses que viven en un auto, ni las bandas de hinchas que cuelgan sus banderas en la entrada de la Universidad han podido cambiado. Nada altera a un barrio semidesértico, pero acogedor.

Por ahí van los de celeste y blanco, caminando con el pecho erguido; marcando presencia entre los negros, que los miran con empatía, pero que siempre tratan de venderles alguna banderita, un sombrero, algo que les salve el día.

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Caminando directo, sobre la calle Burnett (allí está la entrada), desde la concentración argentina, la arteria lleva hasta un pequeño centro comercial. Un supermercado provee de lo esencial. Y todo es como en casa, con precios y productos tan parecidos a los que conseguiríamos en nuestro país que a veces nos preguntamos por dónde estamos.

Por ahí andan los barra bravas, en el medio de las anchas calles y acostumbrándose a que por acá los autos se manejan por la derecha (un productor de Canal 7 no logró hacerlo y fue atropellado).

Pero también caminan por Hatfield siete de la Policía Federal Argentina, que entran y salen del HPC como por su casa. Y también está la "cana" local, que con sus chalecos amarillos parecen titilar apenas cae la noche, pero que se desentienden de toda responsabilidad a la hora de comer.

Cuando el almuerzo, por ejemplo, es religión la bandeja de telgopor llena de bife y polenta de maíz blanco. A comer y con la mano. Costumbre sudafricana extendida por donde se mire. De un lado, el mate de los extranjeros y del otro, el poetoepap.

Por si la dudas, aunque la paz no se haya interrumpido, el destino siempre tiene preparado el remedio apropiado. Justo delante de la entrada principal, la doctora Kirk tiene su consultorio. Nada menos que una psicóloga a 10 metros de la selección.

Ayer, la sala de espera estaba vacía y la mujer contemplaba pasar a los nuevos transeúntes. "Comienzo a atender desde las 13", explicó. "Vuelva a esa hora".

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