Guerini: Si Di Stéfano no ganaba, no valía
El exjugador del Real Madrid Carlos Alfredo Guerini opina sobre Di Stéfano.
“Hola, pibe”. Siempre saludaba igual y esa fue la primera frase que escuché de Alfredo Di Stéfano cuando fui, bajando por la Puerta 51, a firmar mi primer contrato con el Real Madrid.
“¿Qué tal?”, le respondí al paso mientras encaraba para la oficina. La anécdota es que yo no me di cuenta de quién era ese “viejito” que me ofreció ayuda y apuré el paso pensando que era un señor que me terminaría pidiendo un autógrafo o una foto, cosas que nunca me gustaron demasiado.
Minutos después de realizar el trámite, salí junto a Agustín Domínguez, secretario de Santiago Bernabéu y de la Federación Española de Fútbol, y vi que lo saludó con una reverencia y admiración que me llamaron la atención, lo mismo que toda la gente que pasaba por el lugar.
Cuando me dijeron quién era, tuve que disimular mi sorpresa, sobre todo porque me di cuenta de que para ellos Di Stéfano era algo así como un Dios. Tenía el magnetismo y la popularidad que goza una estrella activa. No era menos de lo que es hoy Messi en el Barcelona.
Imponía un respeto inimaginable, sobre todo teniendo en cuenta que tenía una personalidad difícil, hosca y poco amigable. No tuve mucha relación con él pero escuché atento sus consejos.
"Mire, pibe, aquí está en el Real Madrid y todos los domingos estará jugando finales. Si le va bien un domingo, no se dé por cumplido porque en el siguiente deberá jugar todavía mejor. Aquí sólo sirve ganar", me dijo poco antes de meterse en un fuerte choque con Santiago Bernabéu, que le prohibió la entrada al club por años.
Después de mi retiro tuve más contacto con él, porque era el presidente del equipo de veteranos del Real Madrid en el que yo jugaba. Viajábamos por toda España con jugadores destacados y llenábamos estadios.
Pero debo reconocer que la gente iba a verlo a él. En esos viajes, Don Alfredo tenía poderes supremos: los horarios, los alojamientos y hasta las comidas de cada uno las decidía él. Le gustaba jugar a las cartas... pero sólo mientras ganara. Cuando empezaba a perder, nos mandaba a dormir. Para él, ganar a todo era lo único.
