El Xeneize marcó el nivel del campeonato
Boca fue un justo campeón. Supo acomodarse a un torneo que en muchos pasajes fue adverso para los de Barros Schelotto.
El campeón suele marcar el nivel de un torneo. Le cabe en estos días esa definición a Boca, fiel expositor de todo lo bueno y de todo lo malo que ocurrió en esta temporada que termina.
Abiertos en el juego, generosos en su disposición en la cancha, los xeneizes expresaron lo que su entrenador mostraba cuando era delantero: a Guillermo Barros Schelotto le gustaba el arco y lo hacía saber cada domingo.
Por ese motivo y por otros, Boca siempre fue al frente. Como lo fueron bastantes equipos más. En muchos partidos, se notó esa rejuvenecida y bastante generalizada tendencia de buscar el gol y llevarse todos los puntos en juego.
Aun en su peor época, el líder nunca renegó de esa postura. Su entrenador nunca puso en juicio su ideario. Ubicó siempre tres delanteros y una línea de volantes que poco sabía de marca y obstrucción, y mucho quería iniciar jugadas.
Por su centro pasaron Bentancur, Gago, Sebastián Pérez, Barrios, Pablo Pérez y otros más. Su déficit se expresaba en la recuperación de la pelota, con rápida repercusión en una floja defensa. “El Mellizo” pareció equilibrar recursos recién sobre el final, cuando el colombiano Barrios ofreció una elogiable entrega física para hacer lo que no podían sus compañeros.
Generó diferencias a favor por esa misma actitud a favor del espectáculo. Y las plasmó, obviamente, a través de sus delanteros: Benedetto, el goleador del torneo, fue vital; Pavón, aun con sus claroscuros, fue un buen aporte; Centurión, también inestable, puso su sello en un par de partidos. En ese sector, y en algunos tramos del certamen, Boca también hizo diferencia con Walter Bou, y sobre todo en 2016 cuando Carlos Tevez era su estrella y su jugador más decisivo.
Esos apellidos poderosos son extensión del otro poder del campeón: su economía le permitió armar un plantel con dos jugadores por puesto, un lujo para la plaza argentina, casi un exabrupto de parte de un club que sólo debía jugar la Copa Argentina y el torneo local, y ninguna copa internacional.
Esas virtudes y defectos del campeón pueden derramarse en buena parte de sus competidores. Tanto con Guillermo como con Marcelo Gallardo, y como con Ariel Holan (Independiente), Sebastián Beccacece (Defensa y Justicia), Diego Cocca (Racing), Sergio Almirón (Lanús) y Diego Aguirre (San Lorenzo), el fútbol argentino ha ingresado en una época en la que la dinámica y la disciplina táctica dicen mucho pero no lo dicen todo, y que el espacio para la creatividad y el triunfo ha sido abierto sin tantos miedos.
Por eso se han observados partidos entretenidos y con varios goles, expresiones que en épocas no muy lejanas parecían soslayadas por el impulso defensivo y la estrechez de ambiciones de otros entrenadores.
En ese panorama, Boca ha sido el mejor. Y es campeón con absoluta justicia. Fue siempre protagonista, tal como su historia lo obliga, y tanto gustó con algunas de sus buenas actuaciones como no gustó con algunas performances para el olvido y no dignas de un líder. Se recuerda aquel empate ante Huracán, en un momento en el que parecía sumergido en la ineficacia y en la desorientación, casi listo para ser abordado por el indetenible River Plate, pero también surge fresco el recuerdo de las goleadas a Independiente y a Aldosivi, una muestra de personalidad, un par de golpes fuertes en la mesa que sirvieron para darle fuerza a una imagen algunas veces fresca, otras inestable, pero siempre ambiciosa.