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El mundo es Argentina

Indios, sudafricanos, estadounidenses pasaban inadvertidos entre los argentinos. Caras pintadas de celeste y blanco para alentar a Messi y ver a Maradona. Hinchas globalizados.

18 de junio de 2010 a las 07:53 a. m.
Federico Giammaría, enviado especial a Sudáfrica
El mundo es Argentina
La globalización del fútbol trae aparejada la aparición de nuevos rostros.

Los mundiales son una mezcla de globalización, esnobismo y pasión genuina. Tanto hincha de cara pintada el jueves en el Soccer City hizo que encontrar uno argentino fuera una hazaña. Nadie es lo que parece. Había tanto extranjero de celeste y blanco que dar con alguien que entendiera cordobés fue una lotería.

Las caras pintadas son el rostro de un mundo sin fronteras. Conrad Rudolph tenía su rostro lleno de un país lejano, extraño para él. Era hincha de Argentina "por Messi, por Higuaín". Venía desde Pretoria sólo para hacerle barra a su "segundo equipo, después de los 'Bafana Bafana'". Su novia, igual.

Un indio caminaba por la explanada del estadio con un cartel hecho sobre una cartulina verde. Llevaba una banderita pequeña en su cachete derecho. En la pancarta decía: “I came from India just to see Messi”. Y era verdad. “Vine sólo para ver a Messi”, juraba, dejando atrás su empresa de comunicaciones en Asia.

Lo mismo que Mark Joubert, un blanco de Johannesburgo, disfrazado de argentino. Si uno no le preguntaba nada, el tío pasaba como uno más de los miles que llegaron desde Sudamérica con pasaporte del Mercosur.

Sólo Brasil genera semejante adhesión, tanta pegatina, tanta pintura. Sólo Sudáfrica hace que la gente se convierta en clowns de a pie, pegados a sus vuvuzelas.

El inmenso Soccer City es una ciudad del fútbol del siglo 21. Una zona futurista de acentos lejanos, de pieles de colores, de trajes rarísimos. Negros de Johannesburgo vestidos con túnicas blancas bailando el Samulnolec, una danza coreana. Pasan hinchas de Noetinger (de Córdoba, sí) con banderas argentinas que se cuelgan al cuello. Se sacan fotos delante de los bailarines y sus siluetas se mezclan con el marrón del estadio de terracota, un panal lleno de abejas que zumban. Sí, son las vuvuzelas otra vez.

Estadounidenses con bufandas que dicen “Argentina” a lo largo preguntan dónde es la entrada C2 y van corriendo porque piensan que ya está Diego Maradona en la cancha.

Y así. Miles de personas fanáticas de nuestra selección, pero ciudadanos del mundo a los que les cuesta pronunciar la "g" como lo hacemos en Argentina. Que piden aprenderse una canción para alentar y que tratan de repetir el "vamos, vamos". Nada es lo que parece.

Messi ya no es argentino, es una figura transnacional de capitales extranjeros. Su figura aparece en un bar de Hatfield, en una casa de deportes de Johannesburgo o en la promoción de Adidas en un stand del aeropuerto de Ciudad del Cabo. Lo mismo pasa con Cristiano Ronaldo, pero al portugués le faltan galones. Son figuras estelares a los que se les rinde pleitesía sin importar la procedencia. Jugadores del mundo.

A Messi, que ya sabe de estas cosas, parece no importarle. Pero eso es lo de menos. El planeta ya lo hizo propio. Lo interesante es imaginar qué hubiera sido del mundo si Maradona tuviera hoy 22 años.