El momento de los equipos de Córdoba: cuando el mérito trasciende la ideología
En la columna Desde Adentro, un análisis sobre el presente de Belgrano, Instituto, Talleres y Racing.
Resuenan con menos fervor hasta hacerse casi inaudibles aquellos lamentos que distinguieron una época del fútbol cordobés. Se trató de un tiempo oscuro, improductivo, teñido de sospechas que, como imagen principal, mostró el pobre rendimiento de sus equipos en los torneos de la AFA.
Fue una etapa que anunciaba subibajas de categorías, de protestas por falta de pago, de negativas a jugar, de equipos improvisados (un equipo de juveniles de Talleres perdió 12 a 0 con Argentinos Juniors en 1986), de planteles entrenando en lugares insólitos (Belgrano, a la vera del río Suquía), de increíbles medidas para sostenerse (Racing, alquiló su campo de juego a equipos amateurs).
Esas señales demarcaron el camino hacia el caos, expresado en dos términos judiciales que estuvieron de moda: convocatoria de acreedores y pedido de quiebra, o la quiebra misma. Córdoba, detrás de la por entonces Capital Federal, y de Buenos Aires y Rosario, era la cuarta plaza futbolística en el país. Pero día a día perdía calidad en la competencia y, sobre todo, credibilidad.
Las economías de sus instituciones tenían la previsibilidad de una bola lanzada en la ruleta. Los chicos se perdían en la desorganización de sus divisiones inferiores. Los clubes rosarinos, en particular, exploraron y sacaron rédito de lo que a nivel de juveniles el sudeste cordobés ofrecía con inocente generosidad. En el mejor de los casos, esta ciudad recibía a muchos jugadores que sólo deseaban finalizar con alguna dignidad su vida activa como deportista; y muchos otros sólo llegaron con el propósito de acelerar los festejos de la jubilación.
Esa crisis acercó a empresarios, que coadministraron los clubes junto a la justicia. El debate se instaló: ¿entidades civiles sin fines de lucro o sociedades anónimas? Muchos vieron en este nuevo tipo de conducción la extinción de las instituciones, generadas a través del tiempo por el esfuerzo y la pasión de sus socios y simpatizantes. El tiempo y el inicio de otra realidad le fue bajando el tono al debate y le dio espacio a la acción esperanzadora.
Hoy, los nombres y los métodos de conducción son distintos. Más allá de las ideologías y de las distintas maneras de interpretar la gestión deportiva, la realidad nos ofrece esta foto: tres equipos en primera división, dos equipos en la Primera Nacional, y tres equipos en el torneo Federal A. En ese plano, sólo el periodo entre finales de los 70 y comienzo de los 80 equipara esa multitudinaria presencia en los certámenes de la AFA.
La otra evaluación va mucho más allá de lo futbolístico, y tiene una clara incidencia en lo que sucede con cada equipo en la cancha. Los clubes han crecido, lo mismo que los números en los resultados de los partidos y en el nivel de apoyo de sus simpatizantes.
En este último aspecto, nunca (sí, nunca) se dio un fenómeno en Córdoba de tribunas llenas tan consecutivas cada fin de semana. En ese detalle está el público, que aumentó esa fusión afectiva con su club y que ha respaldado la gestión de quienes lo dirigen.
En horas en que en Talleres se anunció otro periodo superavitario y con promesas de continuar y realizar nuevas obras, Belgrano, Instituto y Racing, con diferentes dimensiones, tienen en marcha sus propios proyectos.
El mensaje es sencillo: más allá de quien esté al frente de cada institución, la realidad es incontrastable. Desde hace varios años los clubes progresan, han aumentado su ambición y ya no quieren ser sólo participantes de cada certamen.
Una vuelta olímpica sería una justa manera de responder a este círculo virtuoso, que está viviendo más de alegrías que de lamentos y del que sólo hay que desear que se mantenga por mucho más tiempo.