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El Maracaná y una postal (casi) perfecta

El color de la final lo pusieron los hinchas. Sobre todo los argentinos, quienes nunca dejaron de alentar.

14 de julio de 2014 a las 09:34 a. m.
El Maracaná y una postal (casi) perfecta

David Beckham andaba por la platea Vip con sus hijos, que se habían puesto la camiseta de Argentina. Eran la máxima atracción en la previa de la final.

Una foto con el inglés parecía ser más atractiva que la ceremonia de clausura que se vivió ayer en el Maracaná. Hubo samba, música de Brasil y también cantó la colombiana Shakira (en inglés), pero no hubo caso: como en el inicio, faltaron creatividad y color, y la fiesta nunca fue tal. Justo en el país de la alegría.

No hubo calor desde la ceremonia, algo que sí se vivió en las tribunas del estadio. Los miles de argentinos alentaron desde antes y hasta después de la derrota ante Alemania, equilibrando fuerzas con la torcida "alemana-brasileña" que jugó fuerte para los europeos. Sí, era esperable que los anfitriones hicieran de tripas, corazón, y se pusieran contra Messi y compañía. Pero, de ahí a festejar como poseídos por el galardón teutón (luego del 7-1) hay una materia a discutir en psicología.

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El abanico de canciones que se escucharon ayer en el estadio debió ser inédito para una final. Tanta movida local en un país extranjero hizo que, por momentos, el partido se pareciera a cualquiera jugado en Argentina.

“Esta tarde tenemos que ganar”, ha sido cantada en todos los ámbitos de la vida de nuestro país, pero el hecho de escucharla en Brasil y ante la chance de un Mundial pasará a la historia.

Escondida anduvo Dilma Rousseff, la presidenta de Brasil. Llegó y se acomodó debajo de una de las plateas. Igual, una parte la chifló por momentos. Se jugaban varios partidos en el Maracaná, porque aquí habrá elecciones presidenciales en unos meses y cualquier gesto será analizado en los próximos días.

Al final, el director de la transmisión se hizo un picnic con los argentinos. El gol de Goetze quebró el aliento de los albicelestes y muchos no contuvieron las lágrimas. En las pantallas gigantes desfilaban los rostros desencajados de hombres, mujeres y niños que partían el corazón de cualquiera. A ellos, se sumaron los de los jugadores que también eran agigantados por la televisión.

Mientras los “alemanes-brasileños” explotaban en un grito de alegría (y de alivio), la noche se llenó de fuegos de artificio. El olor a pólvora bajaba desde los morros y el sueño más hermoso se terminó para siempre.

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