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El juego de los parecidos en la selección de Corea

23 de junio de 2018 a las 08:05 a. m.
El juego de  los parecidos en la selección de Corea

Enterado de que los suecos tenían un espía en los alrededores de su campo de entrenamiento en Leogang, el entrenador de Corea del Sur, Shin Tae Yong, reaccionó con astucia: decidió aprovechar la ventaja "mimética" que sus jugadores tienen sobre sus pares occidentales y cambió los números de sus camisetas para confundir al hábil fisgón nórdico, que había logrado acercarse a la práctica utilizando el mismo disfraz de árbol que tiempo atrás luciera el ministro de Ambiente argentino, Sergio Bergman.

“En cuanto vimos que un árbol caminaba alrededor de la cancha nos dimos cuenta de que estábamos siendo observados por un profesional, entonces cambiamos los números de los jugadores porque sabemos que a los occidentales les resulta difícil distinguir a los asiáticos”, dijo Yong en rueda de prensa, mientras corrían rumores de que podría tomar medidas más extremas para despistar a sus rivales.

Entre las mencionadas figuran ordenar a sus jugadores que se peinen todos con el clásico “flequillo coreano”, que se hagan exactamente los mismos tatuajes en los brazos y se saquen el mismo diente incisivo de modo tal que no puedan ser distinguidos ni cuando sonríen.

“Si el técnico no lo ordenó hasta el momento esas medidas es simplemente porque ni él va a poder distinguir a sus jugadores”, sostuvo un periodista coreano conocedor de los pro y los contra de esta curiosa forma de camuflar a sus jugadores, no con el ambiente sino entre sí, de tal forma que conformen un equipo de 11 mellizos.

Enterado de lo ocurrido, el entrenador sueco, Janne Anderson, reconoció que había enviado a un espía al búnker coreano, pero admitió que frente a la hábil maniobra de su colega era poco confiable la información recibida. “Para colmo nuestro espía envió la información en código y nosotros lo perdimos, así que no pudimos descifrar el informe”, deslizó un ayudante de Anderson.

El enterarse de que los coreanos lo detectaron a pesar de su elaborado disfraz de árbol (tal vez le erró al ornamentarlo como árbol navideño), y que luego lo engañaron con los números, sumado a la pérdida de la clave por parte de sus contratantes, sumergieron al espía (un veterano exagente de la KGB de 86 años) en un profundo estado de abatimiento, al punto de que posiblemente deje su carrera y ponga una dietética. “No supo retirarse a tiempo”, opinó un colega jubilado hace 20 años.

La maniobra del técnico coreano de jugar con los parecidos, trajo a la memoria la eliminación de Italia en el Mundial de Inglaterra de 1966 a manos del seleccionado de Corea del Norte, armado a dedo por el entonces líder del país Kim Il Sung, padre de Kim Jong Il y abuelo del actual Kim Jong Un (los tres Kim).

Parece que el primero de los Kim tenía bastante mejor ojo y mucho más talento que Sampaoli para armar y hacer funcionar un seleccionado, porque se tomó un respiro en las cuestiones de Estado y en el escaso tiempo libre que le dejaba la Guerra Fría y eligió a 22 militares para integrar una formación amateur con mínima formación futbolística, ningún partido de preparación, pero una excelente preparación física. Y los mandó a las islas a correr.

Y los soldados corrieron tanto que derrotaron a los italianos 1-0 con el gol de un sargento primero, los eliminaron y clasificaron a cuartos en el estadio de Middlesbrough. Con la idea de evitar la furia y los tomatazos de los hinchas en el regreso a su país, los italianos trataron desesperadamente de buscar un pretexto creíble que justificara su eliminación, y como no lo había enfilaron para el lado de la literatura fantástica. Aseguraron que los coreanos jugaban con dos equipos y usaban uno por tiempo: en el entretiempo dejaban en el vestuario a los extenuados y saltaban a la cancha jugadores frescos, maniobra que era imposible de detectar debido al supuesto parecido entre unos y otros, que los hacía indistinguibles entre sí.

La versión no fue creída por el mundo y menos por los tifosis que esperaron a los jugadores en Génova con la previsible lluvia de tomatazos. “La historia era buena, pero hubo algunas contradicciones y fundamentalmente nos faltó convicción en el relato”, aseguró años después un miembro de la delegación. En conclusión, los italianos no pudieron impedir la tomatina, pero habían introducido en el mundo el fútbol el mito de que los coreanos y los asiáticos en general son millones de mellizos, creencia popular que el técnico de Corea del Sur reflotó en sus prácticas con la consigna “si somos tan parecidos, entonces que nos distingan”.