El día de la paz en Sudáfrica
Mundo D llegó a Sudáfrica justo el día en que Maradona habilitó a sus muchachos a hablar. Locura de la prensa, indiferencia de los locales y un viaje raro con hinchada hasta Johannesburgo.
Pretoria. Keit Pyper es un gigantón que mira todo desde dos metros de altura. El jueves, pétreo, observaba el enjambre de periodistas argentinos dar vueltas como endemoniados en la sala de prensa buscando la declaración de alguno de los jugadores de la selección.
"Esto es nuevo para mí", decía en un inglés entreverado, que peleaba para salir de su bocota. Pyper, el encargado de la seguridad privada en la Universidad de Pretoria, miraba desconfiado. Lo novedoso para este descendiente de afrikaner ("Mi abuelo lo era", explicó, para luego explicar que desciende de holandeses), acostumbrado a lidiar en conflictos raciales, sociales y políticos, era tener que contener a los muchachos de micrófono en mano. "Sí que esto no lo esperaba", decía.
Keit todavía no habló con Maradona, al que debe cuidar junto a toda la delegación, pero sí lo ha visto cada día. “Es gente normal”, dice y vuelve a reírse hasta que por el intercomunicador alguien le da un aviso, y Keit desaparece.
Anormal fue el miércoles. Día de ceremonia de la paz entre la prensa y la selección, después de jornadas de espera en vano a la vera de la entrada al Centro de Alto Rendimiento Deportivo (HPC) de la Universidad de Pretoria, bajo los árboles de la residencial zona de Hadfield.
Allí, en un barrio de ensueño, entre algunas (pocas) banderas argentinas, algunos (pocos) hinchas albicelestes y (muchos) periodistas vive la selección de Diego. Chalés a dos aguas, veredas anchas, y jacarandás entrados en otoño que, con sus colores cobrizos, combinan muy bien con la tierra roja de la ciudad. Ahí, enclavado como un club de elite (aunque le pertenece al Estado sudafricano), está el HPC, el búnker elegido para el Mundial.
Mundo D llegó hasta aquí el día señalado. Ni antes ni después. Por una casualidad de fechas, no hubo que esperar siquiera 24 horas para observar a los muchachos de Maradona que ayer se dejaron ver. Todo se dio apenas llegados a Pretoria, con las valijas todavía sin desarmar, junto al resto de los medios que cubren las actividades de la selección.
Antes, claro, hubo un vuelo de unas ocho horas. Un extraño viaje entre Buenos Aires y Johannesburgo que podría haber transcurrido en un urbano –pongámosle el E1–, rumbo al Chateau. El avión de Malasya Airlines a tope, lleno de periodistas y sobre todo, de hinchas. "Vamos, vamos Argentina, vamos a ganar...", cantaban los muchachos al despegar y se acompañaban golpeando las paredes del avión con las palmas de sus manos. Si fuese posible, alguno hasta hubiera sacado el brazo por la ventanilla para darle al fuselaje. ¿Barrabravas? Esta vez no hubo quien pudiera dar fe de su presencia.
Con todo el mundo en Sudáfrica, la consigna fue ir a la Universidad. Aunque el atractivo no era para todos. Para algunos pretorianos, que las famosas estrellas argentinas anden por aquí no les viene ni va. "¿Messi está allí? Quizá vaya a verlo luego", reconocía Rudolph, un muchacho blanco, al costado de una de las canchas de rugby que tiene HPC. A metros nomás de donde los medios argentinos se desangraban por entrar a ver a "Lio" y sus compañeros, los juveniles del Tucks (un club de la ciudad) se entrenaban sin siquiera darse por enterados que la gran Argentina también lo hacía como ellos.
“Me gusta el fútbol, pero no sabía que estaban aquí”, continuó el rubio. Sus compañeros ensayaban ataques con la “guinda” y sus DT arengaban en afrikans. ¿Detalle? Sólo un negro participaba del juego; el resto... ya saben.
El frío lo inundó todo y, de golpe, se hizo la noche. Por más que supiéramos que el sol abandona Pretoria a las 18, el jueves pareció corto, con ganas de más. Tanto que Martín Palermo y Juan Verón se quedaron respondiendo a todos los que quisieran preguntar en la sala de prensa. Bajo la mirada de Pyper y la indiferencia de Rudolph.