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El compromiso celeste, las dudas albiazules

23 de julio de 2018 a las 09:23 a. m.
El compromiso celeste, las dudas albiazules

Amistoso de pretemporada. Ningún rótulo le podrá quitar la sensación única de ver o jugar un clásico. Así lo hicieron saber desde su nacimiento Belgrano y Talleres. Intensos, con puños cerrados y dientes apretados, con la energía al límite. Así se entregaron.

Esas manifestaciones parecieron más acentuadas en Belgrano. Involucrados en un contexto difícil que exige compromiso de principio y fin, trabajadores y disciplinados, sus jugadores dieron desde el comienzo una mejor imagen de conjunto.

Tuvieron que ver dos circunstancias: sus cuatro volantes (Lértora, Rivero, Brunetta y Alanís) ocuparon todo el ancho de la cancha y por superioridad numérica y un gran despliegue físico limitaron el trabajo de Guiñazú, Cubas y Ramírez. Así, Belgrano ganó la mayoría de las pelotas dividas. Por cada albiazul aparecían dos celestes. Balón en juego y balón que en un mayor porcentaje salía dirigido hacia Herrera.

Sin contratiempos hasta el gol de Javier Gandolfi, la defensa trabajó al compás del resto del equipo. La presión permanente le hizo ganar más a Tomás Guidara que a Samuel Sosa y a Sebastián Luna que a Nahuel Bustos, aunque en el sector derecho de Talleres casi no hubo actividad ofensiva. Sólo “Leo” Godoy intentaba generar alguna sorpresa; pero sus rivales, desde hace rato ya están avisados de sus incursiones.

El valor agregado pirata estuvo en Matías Suárez y en Leonardo Sequeira. Con pies de potrero, Suárez le dio los matices más delicados al clásico. Sin ser “9”, fue “9” para estar en el área chica y meter un toque que salvó Guido Herrera y para cabecear un balón que fue gol. Elegante, distinguido, Suárez está bien físicamente y eso potencia su estética.

Sequeira va camino a convertirse en cosa seria. Molesto para sus adversarios, exige siempre. Mezcla la fuerza de un toro con algunas gambetas para aplaudir. Y siempre va para adelante.

Talleres fue sorprendido por el vértigo y la garra celeste. No pudo reaccionar en la primera media hora. Intentaba progresar pero sus caminos siempre encontraban la oposición de un rival muy solidario en el esfuerzo. Pablo Guiñazú era el iniciador de las jugadas, pero sus compañeros no encontraban espacios ni segundos para darse vuelta y mirar de frente a César Rigamonti. Andrés Cubas, muy cercano al “Cholo”, no progresó por la derecha y parece todavía no encontrar su lugar en la mitad de la cancha; sólo Juan Ramírez encaró varias veces pero sin la compañía indispensable de los delanteros.

El mejor tiempo para Talleres ocurrió tras el gol de Gandolfi, pero su leve mejoría en ningún momento alcanzó para superar en juego y para ocupar más tiempo el territorio de su adversario.

El equipo de Juan Pablo Vojvoda acentuó su falta de ideas y de matices en su propuesta en el complemento. Su 4-3-3 inmodificable, claudicó ante el mejor agrupamiento de Belgrano en el centro del campo y en la faz ofensiva estuvo lejos de ofrecer una versión medianamente cercana a aquella que ahora parece de oro: la que aun con una regular efectividad frente al arco, se cansaba de crear situaciones de riesgo. Eran tiempos de “Bebelo” Reynoso, Leonardo Gil, Sebastián Palacios y Jonathan Menéndez. Ese Talleres “picante” y atrevido es un póster pegado a la pared en cualquier habitación albiazul. Lo deseable es que no permanezca mucho tiempo. Lo ideal es que en la misma pared las figuras se renueven.

Lo más importante es que el clásico no defraudó. Y que más allá de resultado y actuaciones, todavía hay mucho por mejorar.