Temas del día:

De Judas a Jesucristo

En Río de Janeiro, la inmensidad del Corcovado hizo que Argentina-Suiza pareciera un “partidito”. De brazos abiertos, el Cristo recibió a los turistas. Se sufrió, pero no hay traidor que se salga con la suya.

03 de julio de 2014 a las 10:02 a. m.
Ángel Stival, especial
De Judas a Jesucristo

A quienes se quejan del tránsito de las avenidas Colón o General Paz en las horas pico, sería bueno recomendarles que se tomen el 583 en Ipanema y aguanten más de una hora arriba del ómnibus que te deposita al pie del Corcovado, después de atravesar la ciudad por la avenida Nuestra Señora de Copacabana.

Al mediodía, se avanza a paso de hombre pero no se escuchan bocinas, y en el transporte público los cariocas que lo ocupan muestran “el mundo” que tienen distribuyendo información en todos los idiomas, siempre con amabilidad y vocación de servicio. Una actitud natural en Río de Janeiro, de quienes viven del turismo y hace tiempo que tienen conciencia de ello. Sería bueno que los cordobeses los imitáramos al tratar a los turistas que nos visitan.

El Corcovado es un gigante tan inmenso y está tan por encima de todo que el Mundial le parece una cuestión liliputiense. Imagínense Argentina-Suiza, un partidito de segundo orden que el martes se nos dio por ver allí.

Lo que ocurrió fue que lo espiábamos de a ratos, sufriendo el 0 a 0 sobre las sucesivas combis que nos trasladaban, en el restaurante grande que está al pie del monumento al Cristo o en el pequeño chiringuito, ubicado en el último tramo de la prolongada escalera que conduce a la cima del monte jorobado, a más de 700 metros sobre el nivel del mar.

Imagen de la nota

Y mientras en el partido no pasaba nada –o mejor dicho, pasaba lo que casi invariablemente ha pasado en estos octavos de final que terminan resolviéndose de manera lógica, pero con los favoritos sufriendo– al pie del gigante de brazos abiertos, ocurría de todo.

La gente se acuesta en el piso para que el mayor monumento art decó del mundo entre completo en su lente; o se trepa a los hombros de familiares o amigos y allí abre los brazos para imitar a Jesús e inmortalizarse; o aprieta botones de pantallas que informan con pelos y señales la historia de la estatua: tiene 30 metros de altura, se inauguró el 12 de octubre de 1931, el escultor Paul Laudesky es el autor de las manos y la cabeza y Carlos Oswald el responsable del diseño. En el interior del Cristo Redentor hay una capilla, la de Nuestra Señora Aparecida.

La explanada del Corcovado es una torre de Babel multicolor y plurilingüe de una magnitud que sólo se reúne en unos pocos lugares del mundo.

El Pan de Azúcar se ve desde arriba como un adorno de esa ciudad fantástica que extiende sus rascacielos entre lagos, playas y morros. Una postal inolvidable que miramos de reojo, divididos en dos por una experiencia única. Argentina se está jugando la continuidad en el Mundial y no la tiene fácil.

Pero se impone la lógica. El vehículo que nos trae de ver de cerca la estatua del Señor se detiene en la rua Judas. Pero es Judas Mateo, no Iscariote. Entonces, Messi se inspira, Di María está atento y la agonía de los sufridos llega a su fin. Argentina resucita, como Jesucristo, y no hay traidor que se salga con la suya.

Imagen de la nota

Más de Deportes - Fútbol