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Cuando el fútbol es mucho más que un juego

La suspensión del partido entre Argentina e Israel reavivó ese escenario en el cual el fútbol pierde su espíritu deportivo.

08 de junio de 2018 a las 12:00 a. m.
Cuando el fútbol es mucho más que un juego

La pelota se quedó sin rodar otra vez. La suspensión del partido entre Argentina e Israel reavivó ese escenario en el cual el fútbol pierde su espíritu deportivo –y por goleada– para convertirse en vehículo de otras cuestiones ajenas a la esencia de su sentido lúdico.

El conflicto árabe-israelí fue el eje de otra frustración. Y no es la primera vez que el milenario desencuentro de estos dos pueblos de Medio Oriente se mete en la previa de un campeonato mundial, alterando planes y embarrando la cancha.

En los años que siguieron a la Guerra de los Seis Días (junio de 1967), varios seleccionados (africanos y asiáticos) se negaron sistemáticamente a enfrentar a los israelíes, a quienes la ONU había conminado a abandonar los territorios ocupados de Jerusalén, donde mañana debía jugarse el partido cancelado. Política y deporte en una misma senda.

Por esta situación y porque el planeta todo olía a pólvora, el camino a México ’70 fue una de las eliminatorias más convulsionadas de la historia.

En ese contexto, Israel obtuvo su única clasificación a la fase final de una Copa del Mundo, al beneficiarse del retiro de una Corea del Norte que no quiso enfrentarlo por razones políticas derivadas de aquella conquista de Jerusalén.

En Londres '66, los norcoreanos habían causado sensación tras eliminar a Italia y disfrutaban de una suerte de "Generación Dorada" que se quedó sin chances de hacer replay.

Al margen de ese episodio, en julio de 1969, el fútbol se manchó con otro hecho aún más grave, conocido como “la Guerra del Fútbol”, que involucró a El Salvador y a Honduras, cuyas selecciones buscaban en una finalísima su primera participación mundialista.

La rivalidad deportiva fue la excusa perfecta para dirimir asuntos migratorios y limítrofes de vieja data, y que se resolvieron con un conflicto bélico que dejó más de 5.000 muertos pocos días después del encuentro de fútbol.

Con todo, no siempre fueron batallas perdidas. En 1974, las dos versiones de la Alemania de posguerra (la Democrática y la Federal) se encontraron en Berlín, y en pleno Mundial, sin incidentes ni diplomáticos de por medio.

Una situación análoga ocurrió en 1998, con el choque entre Irán y Estados Unidos, en Lyon, que había sido precedido por agoreras especulaciones.

Ese mismo año, el 15 de abril y días antes del inicio del Mundial de Francia, la selección argentina dirigida por Daniel Passarella había podido visitar a Israel en la mismísima Jerusalén, en un partido que perseguía una finalidad cabalística más que la económica, móvil central del juego cancelado anteayer, por cuya realización la AFA cobraría tres millones de dólares.

Los ejemplos pueden aportarse de a cientos. En el fútbol y en cualquier deporte. Es que cuando un partido garantiza una vidriera grande, la tentación de salir a escena no sólo es de quien corre detrás de la pelota.