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Copa América: el amor también se construye con fracasos

Santa Fe había preparado una fiesta para darle cariño a los jugadores, pero al final todo terminó en frustración. Uruguay dio el golpe de escena y dejó a Argentina ahogado en sus penas. Lionel Messi deberá seguir esperando la posibilidad de jugar en una s

17 de julio de 2011 a las 08:24 a. m.
Federico Giammaría, enviado especial a Santa Fe
Copa América: el amor también se construye con fracasos

La cumbia, pulso de Latinoamérica, explotó por los parlantes del estadio de Colón bajo un cielo pintado. Los Palmeras tocaban su Bombón asesino desde una de las terrazas de los palcos VIP mientras la selección movía por primera vez los músculos para entrar en calor. La intención era evidente, aunque quedó tan forzada que hasta causó gracia.

Santa Fe quería darles a los jugadores un baño de cariño que cambiara la hostilidad que había demostrado hace una semana y media. Pero no lo logró y la fiesta, meticulosamente preparada, trocó en frustración.

Parecía que algo había cambiado en el imaginario colectivo. Lionel Messi, hace apenas días, era el jugador más discutido en el país y hasta estaban los que pedían que abandonara la selección por no cantar el Himno Nacional. Pero Córdoba había sido la revolución.

La demostración de fidelidad de la hinchada mediterránea había calado hondo en el ánimo de los jugadores que, rápidos de re­flejos, resaltaron la actitud y pidieron más. Y Santa Fe, a su manera, intentó hacerlo.

En una semana y media, Messi había dejado de ser uno más en el ranking de aplausos cuando la voz del estadio lo presentaba y anoche había roto el vúmetro en una ovación inolvidable. Si los camarógrafos de canales internacionales, horas antes del partido, se hicieron un picnic con tanto crío vestido a lo Lionel.

Las revoluciones no sólo aumentaron al comenzar el par­tido ante Uruguay. Hubo momentos, sobre todo en el primer tiempo, en los que algunos imploraban que la pelota sólo pasara por los pies de Lionel. En la platea del Estanislao López, tipos con años de fútbol marcados en el rostro se desgarraban la garganta. "A Messi, hay que dársela a Messi", se enfurecían si el que la tenía, Gago por caso, giraba hacia su izquierda y descargaba con, por ejemplo, Di María o Agüero.

Banderas, como en Córdoba, pero pintadas con la culpa del delito. Aquellos que habían insultado a "la Pulga" en el partido de la fría noche colombiana ahora le daban un "gracias por todo" y pedían "perdón por tan poco". Y Messi como si nada, como siempre en su frecuencia, sin siquiera saludar por pura demagogia futbolera. En su mundo, confuso y extraño, tan propio de un ser extraordinario. Genial con la pelota y volando por la cancha de Colón que anoche se presentó escenario perfecto para su arte.

Pero habrá que convencerse: la suerte existe. La suerte y Fernando Muslera, el arquero de Uruguay, al que la pelotale cayó en las manos después de un rebote en la última jugada; esa que tuvo Messi para definir todo y darle a la Argentina el triunfo que, por lo hecho en el partido, había merecido.

El frío, otra vez

Eran casi las 22 y la bruma santafesina cubría el estadio de Colón. La humedad del río El Salado, ése que pasa tan cerca de la cancha, había transformado la espléndida tarde de sol y calor en una noche fría y sombría. El gol no había llegado, las banderas no alcanzaban y el combustible anímico se había acabado.

Antes, el gran capitán Mascherano había revoleado por el piso la cinta que lo distingue como tal, Gago se fue desgarrado y llorando, y hasta Tevez, el jugador fetiche de una nación, falló el tiro del final para que este calvario que fue la Copa América terminara con eliminación en casa.

Enfrente, ese rival al que es imposible desearle mala suerte. Siempre será, Uruguay, el primo hermano de Argentina para todo.

Parte de la familia. Lo reconoció la gente, que terminó aplaudiendo a los jugadores (la excepción fue Diego Forlán al que el affaire con Zaira Nara le valió las puteadas durante todo el partido). Ese Uruguay de corazón gigante que nunca deja de sentirse valiente a pesar del tamaño del rival. Sabe de gestas heroicas, porque es capaz de eliminar a la Argentina de Me­ssi en su propia tierra.

¡Cómo para no recordar que un 16 de julio de 1950 le ganó a Brasil la final del Mundial jugada en el Maracaná!

La selección quedó afuera de la Copa América y todo lo que parecía sólido se desvaneció en el aire frío de Santa Fe. Messi fue elegido el mejor jugador del partido pero ni siquiera se quedó a recibir el reconocimiento. Salieron todos cabizbajos y si alguien los despidió con aplausos, ni se sintieron. Sólo el "'Vamo' Uruguay" cortó el aire.

En apenas minutos se vació el lugar y no hubo música. Los charrúas festejaban en lo alto del estadio y hasta un vivo que les robó una bandera fue "ajusticiado" por los barras de "Hinchadas Unidas Argentinas", que recuperaron el trofeo y se lo devolvieron a sus dueños.

La Copa América seguirá por sus fueros, pero el golpe de escena está dado. Messi, el mejor del mundo, pasó del infierno a la gloria en un par de días y todo el amor que la gente le dio debería repetirse siempre. Su presencia hace en este equipo desordenado, caótico e impotente una pieza de excepción que los argentinos parecieron descubrir en Córdoba.

Fantástico sería que "Leo" encajara en una selección de antología y que explotara de una buena vez. Aunque llegar a la gloria cueste tanto desengaño. Al fin de cuentas, el amor se construye también con grandes fracasos.

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