Ciudad del Cabo: el más bonito de los malos recuerdos del Mundial
Entre los enormes edificios a metros del mar, las palmeras y el verde artificial, la angustia por la eliminación de la selección parecía un sentimiento extraño, de otro tiempo.
Cuando Ciudad del Cabo escondía su luces, pasada la medianoche del sábado, algunos argentinos todavía buscaban razones para preguntarse qué hacían por estos lugares.
Hinchas de Rosario Central, de Boca, algunos periodistas y una modelo publicitaria deambulaban como zombies, con el alma muerta, por las calles del centro. Entre los enormes edificios a metros del mar, las palmeras y el verde artificial, la angustia parecía un sentimiento extraño, de otro tiempo.
El Mundial se había terminado para la selección argentina cuando parecía empezar y había que preparar el retorno. El aeropuerto internacional comenzó a recibir cancelaciones de viajes a Durban (donde hubiera jugado el equipo de Maradona en semifinales) y pedidos de tickets hacia Johannesburgo, para luego volar a Sudamérica.
En Sudáfrica los canales deportivos repetían, una y otra vez, los partidos. En resúmenes de media hora. Y los diarios, recién salidos del horno, no les escatimaban a las fotos y al tamaño de los titulares cuando la situación lo amerita. El viernes con Brasil y el sábado con Argentina. Sus eliminaciones fueron noticias del día.
Eran la escenografía de una trasnoche triste que parecía multiplicarse como una tortura de colores. Fotos de Klose por acá, de Müller por allá. Si hasta la Long Road (la calle de la movida en la Ciudad), entre neones y pubs irlandeses se había sumado a la marcha germana de la felicidad.
La larga despedida había comenzado en la zona del Waterfront (un Puerto Madero, pero de la Cape Town), donde se agrupan cientos de bares y restaurantes. Allí, cerca del estadio, los hinchas de Alemania disfrutaron del triunfazo ante Argentina.
Por lo visto, parecía la final del Mundial porque el descontrol y la pasión germana abrumaban. Hubo mucho baile y mucha canción. Y también banderas argentinas pisadas con desprecio, burlas sin piedad y risas por la situación de Maradona. "Deutschland", cantaban fuerte y claro, hasta que algún pibe de Buenos Aires, de Córdoba, de Rosario no aguantaba y se les paraba. No hubo desmanes, pero sí quedaron las ganas de algún cruce boxístico.
Fue una noche inolvidable. Por lo extraño del destino en el que una tristeza podía ser tan argentina, y por la cantidad de alemanes que, de un momento a otro, son capaces de convertirse en los más malos del Mundial.
Los pubs, las discos, todo completo, a reventar. Botella en mano, para festejar un 4 a 0 no hace falta más que la música (de Shakira, con el Waka Waka, es que está en todos lados...) y un compatriota que se prenda.
Los hinchas argentinos deambulaban sin mirar, perdidos entre la fascinación de una ciudad de plena vida nocturna y los goles de Müller.
Los policías descontracturaban los pocos momentos de tensión que producían los cruces argentinos-alemanes. Es que a muchos se les da por bailar mientras administran el tránsito y lo que parece formal, termina siendo una risa. Ver a "la ley" moviendo las caderas a medianoche, con un uniforme reglamentario, la pistola y los dientes brillando en plena oscuridad no tiene precio.
Pero había que seguir, no era hora de rendirse. Si hasta alguno que otro inglés con ganas de dar un abrazo de consuelo, hablaba de lo grande que es “el Pitón” Ardiles.
"A nosotros nos pasó lo mismo, así que tomemos una cerveza", decía un fanático del Tottenham entre el groove de la música y sí, el sonido de alguna vuvuzela metida de contrabando entre la multitud del bar.
Las penas se ahogan en alcohol, sobre todo si son del tamaño de una ballena. Y más si se está en Ciudad del Cabo, el más bonito de los malos recuerdos.