Belgrano cambió orden por ansiedad, y al final sólo mostró desesperación
Los síntomas de la derrota. Belgrano no supo sacar provecho de la expulsión de Ponzio, el mejor jugador de River. La sorpresiva variación de escenario le modificó el semblante al equipo de Zielinski.
El partido de ayer en el Estadio Mario Kempes confirmó –y en buena hora que así sea– que el fútbol continúa siendo "dinámica de lo impensado", tal como alguna vez lo definió el periodista Dante Panzeri.
“¡Que lo echen a Ponzio!”, hubiera contestado sin pensarlo demasiado cualquier hincha de Belgrano, si le preguntaban en el entretiempo por un deseo que lograra destrabar lo que era hasta allí una temerosa igualdad sin goles ante River Plate.
El milagro llegó. Al minuto de la etapa final, cuando el mejor jugador de la cancha se automarginó del juego. Leonardo Ponzio le pegó una patada sin pelota a César Pereyra, respondiendo a una agresión previa del "Picante" que fue obviada (como tantas otras cosas) por el árbitro Germán Delfino, y dejó a su equipo en inferioridad numérica.
Pero Belgrano nunca lograría capitalizarlo. Hasta ese momento, el equipo de Ricardo Zielinski no se había salido de su libreto: orden, paciencia y la intención de poner rápido la pelota en campo contrario para que sus delanteros agarraran mal parados (o más que lo habitual) a Mercado, Román y Bottinelli, los tres defensores del conjunto de Ramón Díaz.
El inesperado cambio de escenario llenó de ansiedades a Belgrano y le hizo perder su mejor semblante. Se sintió obligado a jugar el juego que peor juega y que menos le gusta, y quedó expuesto en un terreno no desconocido, pero sí resbaladizo.
Hacía rato de que el partido pedía a gritos la salida de Martín Zapata y el ingreso de César Mansanelli, pero "el Ruso" se decidió por Lucas Melano y lo mandó a volantear.
River acomodó los tantos con Cristian Ledesma haciendo “pata ancha” en el círculo central y sacrificando al enganche. Sin el que había sido su estratega, se vio obligado a buscar otras referencias, menos lúcidas pero también menos previsibles.
Allí se conectó mejor Trezeguet y Vangioni encontró espacios como para animarse a probar desde lejos y lograr quebrar la paridad. Si el tránsito del orden a la ansiedad había desdibujado a Belgrano, ni hablar de la desesperación que provocó el 0-1 y sus efectos.
Mansanelli y Márquez fue la doble apuesta final de Zielinski, con más riesgos en el fondo, más desorden en el medio y la misma falta de profundidad en las cercanías de Barovero.
Entonces River se disfrazó de Belgrano: se mostró ordenado y paciente como nunca antes, y esperó el momento justo para poner a sus atacantes en posición de gol. Así, el 2-0 del "Chino" Luna resultó previsible.
Y también lo fue el descuento de Farré, que sirvió para premiar la vergüenza sin ideas del Celeste. No hubo corso, como se esperaba, en Alberdi. River tuvo su carnaval; y el riojano Ramón Díaz, su chaya. Aunque todavía esté más cerca de una murga que de una comparsa.
