Argentina en el Mundial de Brasil: ¿dónde late el corazón del equipo?
El sábado atravesamos otra vez emociones parecidas al día del debut.
El temblor de piernas que siguió al salto de gol argentino era una elocuente muestra de la conmoción que desató el zurdazo de Messi, sobre todo porque llegó al cabo de más de 90 minutos de sensaciones desasosegadas.
Otra vez atravesamos un ciclo de emociones parecido al del día del debut: ilusión, esperanza, paciencia, impaciencia, frustración y, cuando parecía que nos quedaríamos masticando la bronca de la decepción, sobrevino el estallido.
Es que el equipo había jugado con una pobreza de recursos tan desabrigada, que la polémica sobre el sistema táctico que duró la eternidad de casi una semana parecía puro desperdicio de temperatura.
Es que con “el sistema que los jugadores querían” tampoco funcionaban los jugadores, sobre todo las grandes estrellas: empezando por Higuaín (no pudo controlar una pelota) y “el Kun” y terminando por Di María y Messi.
Lo del "10" es tan desconcertante como embriagador. Hay demasiado largos momentos en los que transita la cancha como un anónimo invisible, casi sin pedir la pelota ni contagiar ánimo de lucha a sus compañeros. Pero, hasta aquí, siempre ha tenido su instante supremo.
Es decir, Messi cumple su promesa: está en Brasil para sacar un conejo de la galera cada vez que el equipo lo necesita. Es demasiado mágico y bello lo que es capaz de hacer como para que no resulte embriagador y determinante en un resultado.
El asunto es que no se sabe muy bien dónde tomar el pulso para confirmar que el corazón argentino está latiendo. Uno pensaba que acaso podía sentirlo en la muñeca del viejo capitán, hoy capitán suplente, y con 100 partidos en la selección, pero Mascherano atraviesa la mitad de la cancha con paso lento y con más dudas que certezas.
Frente a Irán en Belo Horizonte apareció el fantasma de Maradona, cuando las pantallas lo mostraron de cuerpo presente en el estadio. Su nombre cantado por la multitud será siempre una metáfora no sólo de la actitud de campeón, sino de rebeldía y entrega por la camiseta nacional (las penosas expresiones de Julio Grondona adjudicándole condición de "mufa", es una dosis de estupidez y, mucho peor aún, de irrespeto por los hinchas, inaceptable en su condición de altísimo dirigente).
No se trata de comparar ni tiempos ni figuras: nada es repetible, y cada generación, según su tiempo y circunstancias, hace las cosas a su modo.
Aunque la referencia de Diego está, siempre está.
Pero tanta queja es también catarsis de nuestro miedo a que la ilusión vuelva a ser otro puñal clavado en la espalda. Hay otro modo de ver las cosas: pasamos el tembladeral de la clasificación con dos victorias y, en un equipo de carácter distinto a otros que hemos visto, Messi, cumple sus promesas.
Es una Argentina rara, sí, ni siquiera se parece a las de las eliminatorias, en las que llevó un paso firme y convencido. Pero todavía podemos darnos la chance de que las cosas puedan mejorar, que la razón se despeje y que los corazones sintonicen sus pulsos.
