A menos de un año de la Copa, hay preocupación por la sede donde se va a jugar la final
Colapsada. El millón de peregrinos que llegó para la Jornada Mundial de la Juventud desbordó la ciudad carioca, donde se disputará la final del Mundial. Las autoridades están inquietas.
Río de Janeiro trabaja contrarreloj para mejor su infraestructura y su capacidad organizativa para ser la sede de la gran final del Mundial de Fútbol, dentro de 11 meses, el 13 de julio del año próximo. La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que se desarrolló entre el 22 y el 28 de julio pasado, presidido por el papa Francisco, fue un examen adelantado para los cariocas. El resultado fue preocupante: el propio alcalde de Río de Janeiro, Eduardo Paes, admitió que la calificación de la organización estuvo más cerca del "0 que del 10".
Para muestra vale un botón. Por un error de las fuerzas de seguridad, en su primer día de visita, el automóvil que trasladaba al Papa quedó en medio de un embotellamiento de tránsito, en el centro de la ciudad.
El pontífice argentino quedó a merced de la pasión de jóvenes pacíficos y por eso no sucedió nada. Pero fue una luz roja para organizadores del multitudinario encuentro de católicos.
Con más dudas que certezas, la capital carioca se prepara para recibir a dos eventos deportivos (el Mundial de Fútbol del año próximo y los Juegos Olímpicos de 2016), que le pueden cambiar la cara para siempre. Aunque también está el riesgo de que la infraestructura de la ciudad no esté a la altura de las circunstancias.
A menos de un año del inicio de la cita futbolera mundial, que en Río tendrá su epicentro en el mítico estadio Maracaná (se jugarán siete partidos en esa cancha), la organización del evento que encabezó el Papa, fue una prueba con saldo negativo.
El alcalde de Río de Janeiro no anduvo con grises para calificar el primer examen organizativo: “Si me preguntan la nota de la organización de este encuentro de jóvenes, diría que estamos más cerca del 0 que del 10”, dijo Paes, con una capacidad de autocrítica a prueba de fuego.
“Trabajo para alcanzar la perfección, pero cuando eso no llega, no le echo la culpa a nadie y no huyo de mi responsabilidad. Pongan esto en mi cuenta, pero no destruyan la imagen de la ciudad”, se sinceró Paes ante un colmado centro de prensa de la JMJ, que albergó a seis mil periodistas de todo el mundo.
Como ocurrió por la visita del Papa, la mayor preocupación de la ciudad apuntando al próximo Mundial, es por la infraestructura: transporte, seguridad, alojamientos y sistema energético. Estas cuestiones colapsaron para el encuentro de la juventud, que congregó a más de un millón de extranjeros, más otra cantidad similar de peregrinos que llegaron desde otras ciudades brasileñas.
Problemas
El atascamiento del vehículo que trasladaba al Papa fue el primer error organizativo destacado, pero no fue el único.
Durante los seis días que duró la visita de Francisco se vio lo más preocupante, pensando en el próximo Mundial de fútbol: la avalancha de visitantes –que se repetirá y será superior el año que viene– hizo colapsar a Río de Janeiro.
El sistema de transporte se vio desbordado, como la estructura de alojamientos y restaurantes. La seguridad tuvo fallas sensibles.
Sin contar que el miércoles 24 de julio hubo un apagón durante más de dos horas en gran parte de la “ciudad maravillosa”, como reza el himno de esta ciudad fascinante.
Las autoridades cariocas no quieren ni pensar en una situación similar en pleno Mundial. “Estas torpezas aumentan las dudas sobre la capacidad del país de organizar grandes eventos”, sentenció el influyente diario Folha de Sao Paulo.
“Río no pasó la prueba. Hubo carencias estructurales y falta de profesionalismo que se pueden repetir para el Mundial de Fútbol y las Olimpiadas”, concluyó Chris Gaffney en el mismo diario paulista. Se trata de un universitario estadounidense que estudia el impacto urbanístico de grandes eventos deportivos en Río de Janeiro.
"Si introduces uno o dos millones de personas adicionales en una ciudad con infraestructuras frágiles, tanto en el saneamiento como en el transporte, pasando por el sistema de salud, es evidente que tendrán problemas", subrayó Gaffney.
Según Gaffney, la seguridad pública es el principal desafío para el Mundial 2014: “Los hinchas de fútbol no son buenos peregrinos católicos. Cuando se ve con cuánta violencia la policía dispersa a un grupo de 40 manifestantes, uno se imagina lo que puede suceder si estos efectivos tienen que enfrentarse a dos mil hinchas ingleses ebrios y excitados. Hay que formar a la Policía, desmilitarizarla desde ya”, aseveró Gaffney.
En este contexto de preocupación en la segunda ciudad de Brasil, pero también de mucha pasión por el Mundial que se avecina, no pocos funcionarios recordaron las palabras del titular de la Fifa, Joseph Blatter, quien en medio de las protestas de los indignados (manifestantes sociales), dos meses atrás, expresó: “En caso de que hayan nuevos disturbios el año próximo, deberemos quizá reconocer que Brasil no era un buen lugar para organizar la Copa del Mundo”. A los cariocas les quita el sueño esa sentencia.