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Turquía, dos realidades del mismo país

Estambul, sede de la segunda fase, muestra la otra cara de un país mucho más occidentalizado y europeo. Adiós Kayseri.

04 de septiembre de 2010 a las 07:45 p. m.
Gustavo Farías, enviado especial
Turquía, dos realidades del mismo país

"¡Qué bienvenida me dieron! , ¿por qué no me quedé en mi casa?".  Uno de los hinchas argentinos que nos acompañó en el vuelo TK 2015 desde Kayseri a Estambul, donde se jugará la segunda parte del Mundial, se lamentaba del recibimiento que le tributó un descuidista turco: a sólo 20 minutos de haber aterrizado el avión en el inmenso Atatürk Airport, y después de pagar 1,50 de lira turca para subirse al metro (unos cuatro pesos argentinos), la billetera le desapareció misteriosamente de su bolsillo.

El lado europeo de Turquía, ya nos habían advertido, es muy distinto al de Kayseri, ubicado 1.000 kilómetros hacia el Este, en territorio asiático, y distante a 600 de la frontera con Irak y Siria. El contraste es notorio y en todos los aspectos.

La ciudad donde Argentina jugó sus primeros cinco partidos, casi pueblerina con 700 mil habitantes, rápidamente nos hizo entrar en confianza. Sus habitantes, poco habituados a recibir al turismo internacional -es la décima ciudad del país y el Mundial se realizó en esa subsede por pedido expreso del presidente turco Abdullah Gül, nacido en esa ciudad- nos desbordaron de atenciones y amabilidad durante una semana.

Tenían el entusiasmo de poder mostrar lo suyo y no fallaron: lucieron sus mezquitas, el castillo con su enorme y pintoresco mercado adentro y el museo hospital del primer centro de salud para deficientes mentales del mundo (en el siglo 13).

Pero si de algo no se puede olvidar, al menos este periodista, es del "paisaje humano". La hospitalidad de su gente, que aun en su marcada diversidad (unos muy occidentales, otros muy musulmanes) nos hizo sentir en casa… y hasta invitándonos a sus casas.

Por eso fue difícil no emocionarse al ver las lágrimas de los jóvenes voluntarios al saludarnos con el "elveda" (adiós) en la última jornada, o al despedir a amigos cosechados en tan pocos días, cuyos nombres, irrecordables al principio, se nos hicieron familiares a fuerza de afecto: Elif Aybike, Aarón, Özer, Sila, Tulay, Nagehan Sen, Mustafá…

Por eso Estambul nos tomó de sorpresa, relajados, sin oír consejos, confiados, en un combo que le resultó "fatal" a nuestro amigo, que un par de horas antes escuchaba con atención a otro argentino que le contaba cómo un taxista de Kayseri le había dejado en la recepción de su hotel unos regalos olvidados en su auto.

Es que, salvo por las cúpulas de las mezquitas, que asoman sus minaretes por toda la ciudad, difícil sería imaginar que Estambul es parte del mismo país islámico que vimos en Kayseri. Aquí, las mujeres con sus típicas dolman (túnicas) y pañuelos son absoluta minoría y las pocas que vimos tienen algún "detalle occidental", como zapatos de taco aguja o una cartera de marca, como quedándose  a "mitad de camino" del cruce del Bósforo, el estrecho que separa Europa de Asia. Tampoco es muy musulmán los arrumacos que se prodigan los jóvenes en los sitios públicos.

El orden y la limpieza de las calles de Kayseri se extrañan ante el caos de calles atestadas de vehículos, bocinazos y de maniobras inimaginables, como el auto que se estacionó en medio de la bocacalle de nuestro hotel y que nos obligó a realizar unos 50 metros extras con las valijas a cuesta y maldiciendo en cordobés, por las dudas.

Primera impresión: Estambul es occidente con pinceladas de oriente. Ni más, ni menos.

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