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Prigioni: Antes de la ovación, ya sentía el respeto en el Madison

Consagrado. El cordobés supo que, al llegar a Nueva York, debía dejar atrás todos sus pergaminos: sin embargo, con su estilo y su inteligencia, logró seducir desde otro costado al público del estadio cerrado más famoso del planeta.

20 de junio de 2013 a las 09:18 a. m.
Prigioni: Antes de la ovación, ya sentía el respeto en el Madison
Prigioni, con la serenidad y la inteligencia que mostró en cancha para seducir a los Knicks (Foto: Raimundo Viñuelas).

Pep Guardiola, que del pase sabe “una bocha”, miraba seguido a los Knicks y preguntó por qué la pelota circulaba de un modo cuando este hombre estaba en cancha y de otro cuando él miraba desde fuera.

El entrenador que articuló, probablemente, el mejor equipo de la historia del fútbol, el todopoderoso Barcelona, fue una de esas personas que entendió todo lo que era capaz de generar este cordobés que sonríe. Que sonríe y habla sin parar. Pablo Prigioni llega a la sede de La Voz del Interior justo al mediodía y desgrana sus vivencias. Las horas vuelan: recién vuelve a mirar el reloj a las 3 de la tarde. Ya debe partir.

Elegido Deportista del Año 2012 por La Voz del Interior, el base riotercerense acaba de ser distinguido por la Unicameral de Córdoba y aún debe viajar a Río Tercero para la apertura de un campus benéfico, pero se toma su tiempo. Disfruta mientras habla, a medida que va narrando. Se nota. "Sabía que la NBA tiene otra dimensión. Y lo asumí, sobre todo cuando fui a una franquicia como New York Knicks, uno de los equipos más populares. Sabía que mi firma iba a 'hacer ruido', pero después dependía de mi rendimiento. Y de acuerdo a cómo se dieron las cosas me fui haciendo la idea de que si venía a Argentina todo iba a tener todo otra dimensión", dice el base que logró seducir a un público dificilísimo, en un equipo y en un estadio míticos. –La rompías en Europa y, de hecho, le habías dicho que no a la NBA algunas veces. Pero el impacto es notablemente diferente.

–Antes hubo equipos interesados pero nunca se daban todas las condiciones. Y tampoco era mi objetivo jugar en la NBA. Estaba muy cómodo en el básquet europeo, porque me encantan las opciones que tenés. En la NBA es un solo torneo, pero en España tenés la Liga Española, la Euroliga, la Copa del Rey, la Supercopa. Siempre tenés más chances de ganar algo. Y yo disfruto mucho cuando el equipo gana y sale campeón: esos minutos y los días posteriores son de una felicidad inmensa. Por eso nunca tuve el deseo de ir a la NBA. Un montón de cosas cambiaron el año pasado. Y un empujoncito de los compañeros de la selección y el sí de la familia hicieron que me decida.

–Así como disfrutás intensamente de un título, ¿en qué momento de tu temporada NBA sentiste que tu decisión estaba justificada?

–Me puse un objetivo: tener equilibrio. Sabía que eran muchos partidos, muy seguidos, y debía tener tranquilidad. Por eso no hay un momento deportivo puntual en el que dijera: “Sí, valió la pena”. Lo tengo más relacionado con la familia. A mis hijos al principio les costó un poco. Mi hija (Alessandra, 7 años, española) andaba fastidiada: no se podía comunicar con los compañeritos y no quería hablar en inglés ni siquiera en casa. Me dije: “Mierda, ¿hice bien en venir?”. Me entraron dudas. Y un día empezó a hablar inglés en casa, sola, y yo me hacía pis en los pantalones. La vi riéndose, disfrutando, y ahí dije: “Valió la pena venir”. Se me caían las babas.

–Uno tiende a pensar que el día de la ovación en el Madison Square Garden fue un momento bisagra.

–Fue lindo, obviamente, pero antes de la ovación sentía el respeto en el Madison y sabía que había valido la pena. Lo tomé como un regalito que tendré por siempre. Fue un reconocimiento de los aficionados, como diciendo: “No es un talentoso, pero ‘el vago’ sale cada noche y juega a muerte”. Sentí que en el Madison se decían: “Tenemos gente que la mete de todos lados, otros que se cuelgan del techo y este tipo que, con su básquet, también nos hace disfrutar”.

–¿Te enorgullece haber seducido a los aficionados y a los Knicks con tus “intangibles” y tu estilo?

–Noté respeto de mis compañeros desde el primer día pero, a medida que podía ir mostrando más cosas en partidos oficiales y en playoffs, el respeto de ellos crecía. Sentía que se decían: “Este no es ningún boludo: si me dice algo, lo voy a hacer”. Intentaba que mis compañeros y los asistentes vieran que si nos pasábamos la pelota éramos mejor equipo. No quería que nos planteáramos primero que queríamos ganar la División (las Conferencias se dividen en tres Divisiones cada una). Yo quería que jugáramos bien.

–Encima, tuviste que remarla desde cero: Woodson, el DT, te confesó que no te había visto jugar demasiado. Y a los 35 años tenías que salir a demostrar de nuevo.

–Desde el momento en que metí el gancho me dije: “Todo lo que hice hacia atrás no sirve pa’ bosta”. Por más que hubiera visto videos, el entrenador no sabía nada de mí. El mánager Glen Grunwald me ha visto jugar mil veces y deseaba como nadie que me fuera bien, pero seguro tenía sus dudas. Ni mis compañeros ni los aficionados ni la prensa me conocían. Y tenía que empezar de cero. Me planteé algunas cosas: que mi familia estuviera cómoda, conocer a mis compañeros lo más rápido posible, mostrar lo que yo sabía hacer, aprovechar los partidos de pretemporada y detectar cómo veía el básquet el DT. Recién entonces podría ganarme minutos y ayudar al equipo. La primera parte de la temporada tenía que ser una inversión y la segunda, la de mi mejor rendimiento. Y hubo algo de suerte, como cuando empecé a ser titular y ganamos 17 partidos seguidos.

–Pero ahí dejaste todo tu sello, ordenando a compañeros acostumbrados a jugar solos.

–Ellos sienten el básquet de esa forma. Yo por ahí los hacía jugar distinto y no les gustaba nada. ¡Ja! Pero vieron que por momentos les venía bien. Lo mío fue algo puntual y el equipo siguió con su estilo, pero pude sentar un precedente: que si nos pasamos más la bola, claramente jugamos mejor. Salvo San Antonio, Indiana y Memphis, los demás juegan así. Y de los equipos que juegan de la manera en que ellos sienten el básquet, Miami es el que tiene mejor plantilla. Por eso le está haciendo fuerza a San Antonio, que debería ganar la serie final porque juega mejor al básquet.

–Si bien terminaste con una sonrisa de satisfacción, ¿te sentiste en peligro en algún momento?

–Sí. Hubo un momento, justo antes de que empiece a jugar de titular: Jason Kidd empezó a salir más de base, entrando desde el banco, y perdí minutos. Me preguntaba qué iba a pasar, pero mantuve el equilibrio y le pregunté al técnico: me hizo saber que iba a seguir jugando. Seguí laburando igual.

New York, New York

–Dicen que jugar en Nueva York y en el Madison Square Garden es muy especial. ¿Lo viviste así?

–Escuché muchas veces a rivales decir que en el Madison se vive algo diferente. El locutor, cuando hace la presentación al partido da la bienvenida a Nueva York y al Madison, que es “el pabellón más famoso del mundo”. Al principio lo noté, pero después del partido 15 ya lo tomaba como que era nuestra cancha, el estadio para ser locales. Y cuando ya lo viste a Ben Stiller 15 veces en la tribuna ya pasa a ser natural.

–Pero es, como dijiste, del estadio más famoso del planeta.

–Había muchas cosas que me podían sorprender, pero me favoreció haber llegado a la NBA a esta edad. Si llegás con 22 se te va la cabeza y no sabés qué mierda hacer. Siempre me decía: “Quitate todas las pelotudeces de la cabeza y pensá que los pocos minutos en cancha tienen que ser los mejores de tu vida”.

–¿Estaban para más?

–Sí. La serie con Boston era para un 4-0 (fue 4-2) y nos complicamos solos, después de perder el cuarto juego en suplementario. Podríamos haber llegado más fortalecidos ante Indiana. Estábamos para llegar a la final de Conferencia.

–Hasta el 1° de julio no pueden hacerse negociaciones, pero los Knicks quieren que te quedes y vos tenés ganas de continuar.

–Me manejo por sensaciones: por cómo terminé y porque me dijeron que querían una posible continuidad. Eso me hace pensar que hay muchas posibilidades. Pero hay que esperar. No me apuro.

–¿Hay partidos que recuerdes con un cariño especial?

–Hubo uno con San Antonio en el Madison, contra Manu: estaba motivadísimo. Salió todo redondito, entregué nueve asistencias y ganamos muy bien (100-83). También tengo muy frescos el tercer y el sexto partido de la serie contra Boston, contra un equipo con mucha historia: tuve arranques furiosos. Ja. Metí puntos (9 y 14, respectivamente), robé pelotas (5, en el primero) y pasé la bola. Esos están en mi top-3.

–Y hasta te diste el gusto de ser elogiado por Guardiola.

–Fue a ver un entrenamiento y nos pusimos a charlar. Me comentó que iba a pasar un año en Nueva York y quería aprender sobre táctica de básquet. Nos mensajeamos todo el año. Y en el partido con San Antonio estuvo en la cancha. Al final del juego nos quedamos charlamos con él “Manu” y Adrián Paenza. Fue un gran placer conocer a Pep y seguir en contacto tantos meses.

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