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Una escuela, un destino, un faro

“El centenario de la Escuela Bedoya me emociona y me reflota las alegrías y tristezas de mi infancia. Pero lo más importante, me recuerda que sus maestros me enseñaron a ser libre”. Juan Carlos Toledo.

29 de abril de 2013 a las 12:01 a. m.
Juan Carlos Toledo (Periodista)
Una escuela, un destino, un faro

Mi niñez, al igual que la de otros de mi generación, está estrechamente ligada al colegio primario que nos albergó en una etapa trascendente de la vida.

Afirmo esto frente a la necesidad de justificar la emoción y los recuerdos que me embargaron hace unos días, cuando Anita Santoni me llamó para invitarme a los “100 años de la Escuela José María Bedoya” del barrio San 
Vicente.

Siento el orgullo de haber pasado por sus aulas porque mi formación personal está esencialmente vinculada “al Bedoya”. De infancia humilde, la Biblioteca Popular Bartolomé Mitre –que funcionaba en el edificio escolar– me permitió, aún niño, aportar mis primeras monedas para el hogar, ya que diariamente debía asearla y alistarla para 
cuando llegaran los primeros lectores.

Hoy, periodista jubilado, recuerdo la avidez con que, una vez finalizada la labor, me quedaba a leer el diario Clarín, de reciente fundación, que llegaba a esa biblioteca vía postal, con varios días de atraso. Sin saber que la vida iría a convertirme en hombre de prensa, confieso que me atrapaba su estilo y su formato (tabloide), novedoso frente a diarios sábana como el Córdoba , Los Principios y La Voz del Interior .

Fue en sus páginas donde me interioricé de la Europa de la posguerra y de los comienzos de la Guerra Fría entre La Casa Blanca y el Kremlin.

Pero vuelvo a mi querida Escuela Bedoya, al cariño de la primera maestra, “la señorita” Arroyo (andá entonces a decirle seño o a tutearla).

Después vendrían otras docentes hasta terminar el sexto grado, pero, sin pecar de desagradecido por su enseñanza, es el nombre de la primera maestra el que se mantiene fresco en mi memoria, como aquellos “palotes” y el “mamá me mima” del primer libro de lectura.

Esa etapa marcó a fuego mi infancia y la de tantos compañeros que compartieron el ciclo primario. Recuerdo a Juan Carlos Abratte, Alberto Cerutti, al “buenazo” de Montaña, Cachito Iriarte (de Los del Suquía) y Ricardito López, un gran animador en los actos patrióticos, cantando tangos al mejor estilo de Angelito Vargas. Entre otros, también pasaron por el Bedoya los hermanos Oscar y Juan Carlos Garat, estrechamente vinculados a la historia del periodismo cordobés.

Por entonces yo iba casi todos los domingos a ver a mi querido Talleres, cuyos colores envenenaron mi sangre en las vacaciones de julio de 1947 cuando mi preferido tío Ángel me sorprendiera llevándome a la cancha por primera vez.

Por eso el lunes, antes de entrar al grado, era esperado ansiosamente por Cerutti y Montaña, quienes me interrogaban sobre el partido y cómo había jugado la T.

Fueron siete años hermosos e inolvidables. Pienso que atravesé por una época brillante de la Escuela José María Bedoya, por la calidad de sus docentes y por la calidez de su personal, que supo contenernos a muchos, que por la situación económica a veces no podíamos cumplir con los requerimientos del material de estudio, especialmente en lo referente a las actividades prácticas.

La escuela supo adecuarse a los tiempos y, cuando el trabajo de los jóvenes se generalizó, abrió sus puertas a la noche para que esos niños-hombres pudieran estudiar y terminar el sexto grado.

En la década del ’60, del siglo 20, se brindó generosa a la inquietud de voluntariosos vecinos que ofrecían sus instalaciones al caer la tarde, para que comenzara a cobrar vida el primer secundario barrial.

La vida me llevó por otros caminos que me alejaron de San Vicente, pero siempre tuve la convicción de que la Escuela José María Bedoya fue un faro cultural para la vieja República, al formar a niños y jóvenes que con el tiempo alcanzaron notables progresos en la sociedad.

Cómo no emocionarme entonces porque mi querido “Bedoya” cumple 100 años recordando las alegrías y las tristezas de mi infancia, sin olvidar que allí sus maestros me enseñaron a ser libre y a valorar el estudio como elemento fundamental de progreso en la vida.